Caravaggio, genio y figura

Un concepto nuevo de artista; provocador, revolucionario, diferente. En 1571 nació Michelangelo Merisi en el seno de una familia burguesa del pueblo lombardo de Caravaggio. Más conocido con el nombre del lugar que le vio nacer, Michelangelo Merisi (de ahora en adelante Caravaggio), fue uno de los artistas más importantes del Barroco. Su estilo personalísimo y su fuerte carácter dieron paso al surgimiento de un nuevo movimiento pictórico, el caravaggismo, caracterizado por los contrastes exagerados de luz y sombra, la intensidad de expresión y unas composiciones con tendencia a la escenificación teatral. Fue el comienzo de una importante escuela de tenebristas, de la que formó parte uno de los grandes pintores españoles, José de Ribera.

De los comienzos del pintor en Lombardía poco se sabe más que aprendió con Simone Pertezano (que fue a su vez discípulo de Tiziano), y ninguna obra se conserva de este primer periodo. A los 20 años se trasladó a Roma, donde se desarrolló el pintor en todo su esplendor, tanto pictórica como personalmente, y ninguno de los dos ámbitos carece de polémicas.

Retrato de Caravaggio – Ottavio Leoni (Biblioteca Marucelliana)

En tan solo unos pocos años se convirtió en el pintor más exitoso de Roma, con encargos de los más ilustres personajes de la ciudad, como los cardenales del Monte (que fue su protector) y Carlos Borromeo o las familias Giustiniani o Borghese. No obstante, también tuvo sus detractores, que se valieron de los excesos del lombardo para tratar de denostarlo. Y es que Caravaggio gustaba de “quemar” la noche romana, muchas veces en compañía del pintor Prospero Orsi y el arquitecto Onorio Longhi. Tabernas, juegos y cortesanas hacían un cóctel perfecto para el genio de Caravaggio, un cóctel que solía acabar en peleas. Riñas tumultuarias a la salida de las tabernas, tenencia ilegal de armas o agresiones en las puertas de los lupanares era lo que más le gustaba después (sino antes) de pintar. Caravaggio dejó un extenso reguero de peleas y escándalos, siendo uno de ellos el que protagonizó en la Ostería del Moro en 1604. Pidió un plato de alcachofas, algunas en aceite y otras con mantequilla, y cuando el camarero trajo el plato, el comensal preguntó cuáles eran unas y cuáles las otras. En esta historia hay disparidad de versiones, pero el caso es que el camarero dio una respuesta que no fue del agrado de Caravaggio -“oledlas y lo sabréis”, dicen algunos-, a los que el pintor contestó lanzando el plato a la cara del pobre muchacho y desenvainando su espada para castigar su atrevimiento. Por suerte todo quedó ahí, pero el pasaje ilustra perfectamente qué tipo de persona era el italiano. 

Tan solo un año más tarde, tuvo que huir de la justicia hacia Génova por agredir al notario Mariano Pasqualone. El motivo, un lío de faldas con Lena de por medio, una prostituta que hacía las veces de amante y modelo de Caravaggio. Por fortuna, todo quedó ahí y el pintor pudo regresar a Roma.

Su obra pictórica también estuvo cargada de controversias. Muy frecuentemente empleaba escenas costumbristas, casi irreverentes, para sus representaciones religiosas. La Vocación de San Mateo de San Luis de los Franceses se trata de una cochambrosa taberna romana en la que el santo se rodea de indignos jugadores y contadores de monedas; y La muerte de la Virgen se encuadra en una destartalada habitación, en la que la Virgen está tirada de mala manera sobre un sucio colchón -polémica añadida el hecho de que emplease, presuntamente, como modelo una prostituta ahogada en el Tíber-. Los Cánones de la Contrarreforma de Trento eran muy claros respecto a la iconografía y formas de representar las obras religiosas para las iglesias, por lo que más de una vez sus cuadros fueron rechazados, como San Mateo y el ángel o La Virgen de la Sierpe. 

La vida de Caravaggio dio un giro radical el 28 de mayo de 1606. Fue a ver un partido de pallacorda (similar al tenis actual), al que también acudió Ranuccio Tomassoni, un joven de buena familia con el que ya había tenido sus más y sus menos. Las facciones de ambos personajes se dieron cita en el Campo de Marte, donde se produjo una pelea que derivó en la muerte de Ranuccio. Fue el propio Caravaggio quien con su espada cercenó el pene a Tomassoni, que murió desangrado debido al corte que recibió en una arteria. El pintor, también herido, tuvo que huir rápidamente a Nápoles para eludir a la justicia, con ayuda de algunos de sus protectores romanos como la familia Colonna.

En Nápoles gozó de la popularidad y éxito que un genio como Caravaggio merecía. Recibió importantes encargos, como La Virgen del Rosario o La flagelación de Cristo. No obstante su cabeza seguía en Roma, y ansiaba un indulto papal que no terminaba de llegar y que sus protectores no podían conseguir. Fue entonces cuando se le abrió una nueva puerta en forma de Orden religiosa, la de los Caballeros de Malta. Seguramente esperaba entrar en la Orden y conseguir así el indulto que tanto deseaba, por lo que en junio de 1607 tomó un barco hacia la isla.

En Malta trabajó seriamente, nada de tabernas, juegos ni peleas. Realizó obras excelsas, como los retratos de Alof de Wignacourt y Antonio Martelli o el San Jerónimo del Museo de St John’s. Pintó también un inmenso lienzo de La decapitación de San Juan Bautista, una obra que firma con la sangre que brota del cuello del Bautista (algo bastante tétrico y que nos ayuda a reconstruir un poco la forma de ser tan peculiar del pintor). Su trabajo duro y su alejamiento de la mala vida que había llevado en Roma y Nápoles le llevaron a ingresar en la Orden en julio de 1608, gracias a lo que pudo comenzar a vislumbrar una vuelta a la capital romana. Sin embargo, la cabra tira al monte, y en agosto se vio envuelto en una reyerta en la que hirió a un caballero de la Orden, por lo que acabó preso en el Castillo de Sant’Angelo. 

Si algo ha quedado claro es que, a parte de un gran artista, Caravaggio era un profesional huyendo de la justicia. En octubre de ese mismo año escapó de prisión a Sicilia. Para bien o para mal, su fama le precedía, y desde el instante en que pisó su nuevo destino, encargos no le faltaron. Se trasladó por un encargo del arzobispo a Palermo, lugar desde el que regresó a Nápoles, a finales del verano de 1609, como escala previa a su regreso a Roma. En Nápoles realizó sus últimas obras, como David con la cabeza de Goliat o La negación de San Pedro, y se metió en sus últimas peleas. El 24 de octubre de ese mismo año, Caravaggio fue asaltado ante la Ostería del Cerriglio, en un más que probable ajuste de cuentas, y en el que los agresores desfiguraron la cara del pintor lombardo. Su segunda estancia en Nápoles se iba tornando dramática, hasta que en julio de 1610 llegó el tan ansiado indulto del Papa Pablo V. Inmediatamente, aunque enfermo -según el Instituto IHU Méditerranée Infection de Marsella una infección producida por un estafilococo dorado- embarcó hacia Roma con todos los bienes de los que disponía y los lienzos de San Juan y Santa María Magdalena. 

El fin de los días de Michelangelo Merisi fue tan estrambótico (y misterioso) como lo había sido su obra y su vida. En una escala del barco en Porto Ércole, el pintor fue detenido y encarcelado debido a una confusión. Cuando pagó la elevada fianza para salir de prisión, el barco ya había partido con sus enseres dentro. Fue entonces que se vio sin nada más que la ropa que llevaba puesta, y decidió cubrir el trecho que le separaba de la Ciudad Eterna a pie siguiendo la costa. El cansancio, el hambre y las fiebres eran una carga demasiado pesada incluso para él, que tantas fatigas y faenas había superado. Desfigurado, solo y desesperado, “Il Caravaggio” murió el 18 de julio de 1610 en la confraternidad de San Sebastián (Porto Ércole), a la edad de 35 años. 

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