Cayo Mucio Escévola: Héroe de la República Romana

La historia temprana de Roma es, en muchos casos, un misterio para los historiadores modernos. La escasez de fuentes contemporáneas es una de las razones fundamentales, pero además enfrentamos el problema añadido de que las fuentes que han sobrevivido y que narran los episodios de la Roma arcaica son muy posteriores. Tito Livio, posiblemente la fuente más conocida, escribió su obra en la última mitad del siglo I a.C., lo que supone varios siglos de distancia hasta los eventos que narra en sus primeros libros. Es por esto por lo que muchas narraciones hasta el siglo III a.C. son consideradas mitológicas o, al menos, semi-mitológicas. Estos relatos, no obstante, son un valioso documento para entender cómo los propios romanos veían (o querían ver) su propia historia. Por este motivo, las fuentes (incluso las muy posteriores) poseen gran valor para el estudioso del tema, siempre y cuando sepa cómo tratarlas. En el presente artículo vamos a visitar una de estas historias de tintes legendarios, que no obstante es sumamente interesante cuando lo vemos como un intento deliberado por parte de los romanos de mostrar la valentía de los hombres de antaño. Esta sirve además un propósito pedagógico, al instruir al lector (romano o no) sobre cómo ha de comportarse un hombre virtuoso. La historia de la que hablamos es la de Cayo Mucio, llamado Escévola, quien salvaría con su coraje a la recién nacida república de la amenaza etrusca y de la tiranía de los Tarquinios.

Etruscos - Wikipedia, la enciclopedia libre
Mapa de la expansión Etrusca 750-500 a.C.

Los primeros años de la república romana no fueron sencillos. Tarquinio el Soberbio, último monarca de los romanos, fue expulsado tras una rebelión liderada por la aristocracia, entre la que se encontraban miembros de su propia familia. Esta rebelión tuvo lugar, según autores antiguos, alrededor del 510 a.C., y en 509 a.C. un nuevo sistema de gobierno se instauró en la ciudad eterna. Este nuevo sistema no tenía un nombre, y se le conoció simplemente como Res Publica, en Latín “Cosa Pública”, pero que en la modernidad ha adquirido el status de sistema de estado específico. Este nuevo sistema se diferenciaba de la monarquía en que los máximos mandatarios de la ciudad eran elegidos por el pueblo en asamblea, y los cargos tenían límites de duración para evitar la concentración de poder en manos de hombres ambiciosos. Además, se decidió que todas las magistraturas serían colegiadas, de tal forma que habría dos cónsules (magistratura más alta) cada año, y estos deberían compartir el poder durante ese período.

No obstante, el cambio no fue ni pacífico ni lo fue limpio. Para 508 a.C., el segundo año de la república, Roma ya había tenido que hacer frente a la amenaza de Tarquinio el Soberbio, quien se había exiliado al norte, en Etruria, y había granjeado apoyos con los que pretendía reconquistar Roma. La primera intentona de Tarquinio resultó en una victoria costosa para los romanos, quienes perdieron a un cónsul en la batalla. Tarquinio no se daría por vencido tan fácilmente y, con el mismo objetivo en mente se alió con Lars Porsenna, rey etrusco que en aquella época dominaba la zona sur de Etruria y tenía planes de invadir el Lacio. Así, los etruscos marcharon sobre Roma y, tras vencer en el campo de batalla, llegaron a las puertas de la ciudad.

Lars Porsena - Wikipedia, la enciclopedia libre
Representación de Lars Porsenna

En un primer momento, Lars Porsenna trató de tomar Roma por la fuerza, mandando a sus ejércitos atacar los puentes que llevaban a la ciudad. No obstante, la heroicidad de Horacio Cocles sirvió para frenar en seco a los etruscos hasta que los romanos lograron destruir los puentes. El rey Porsenna, que veía la imposibilidad de tomar Roma al asalto, decidió sitiar la ciudad y esperar su rendición. La situación dentro de Roma era terrible. El grano escaseaba, y el que quedaba estaba a un precio desorbitado, por lo que la gente empezaba a pasar hambre. Ante este estado de las cosas, un joven aristócrata, llamado Cayo Mucio, decidió actuar. Cayo Mucio pensaba que era una pena que, mientras duró la monarquía, ningún enemigo hubiese logrado asediar la ciudad y los etruscos hubiesen caído derrotados en varias ocasiones ante las legiones romanas, pero ahora que los romanos eran libres, estos les tuviesen en jaque y sitiados. A ojos de Cayo Mucio esta indignidad no podía permitirse, y debía ser vengada mediante una acción de gran valentía que salvaguardase el honor romano.

En un comienzo, Cayo Mucio pensaba actuar en secreto: escapar de la ciudad sigilosamente, infiltrarse en el campamento etrusco y asesinar al rey, con la esperanza de que esto insuflase valor en los romanos, o incluso hiciese retirarse a los propios etruscos. Pero, tras pensarlo más detenidamente, Cayo Mucio tomó la decisión de no salir de la ciudad en secreto, puesto que, si no lograse salir de Roma sin ser visto, sería considerado un desertor, lo cual significaría un terrible deshonor para él y su familia. Por todo esto, el joven aristócrata se dirigió al senado, donde propuso su plan a los padres de la patria. Cayo Mucio deseaba, dijo, cruzar el río Tíber, e infiltrarse entre las filas del ejército invasor. Su objetivo, decía el joven, no era el de saquear o tomar reparaciones por el coste del asedio, sino llevar a cabo lo que él llamaba una gran obra. Los senadores, tras una breve discusión, aprobaron el plan de Cayo Mucio, y le dejaron salir de la ciudad camino del campamento etrusco, con una espada escondida bajo las ropas.

De este modo se infiltró el joven romano en el campamento del enemigo, donde logró pasar desapercibido y confundirse entre la multitud, que se congregaba ante el rey y sus secretarios para recibir la paga de soldados. Cayo Mucio logró llegar hasta el frente de la muchedumbre, y allí vislumbró el tribunal del rey, donde se encontraba Lars Porsenna. El problema con el que se encontró Cayo Mucio fue que en aquella época no existían las fotografías, por lo que no tenía ni idea de la apariencia física del rey etrusco, y su ropaje no era de ayuda, pues el monarca llevaba un atuendo muy similar a su secretario, que se sentaba a su lado. Cayo Mucio no se atrevía a preguntarle a nadie quién de los dos era el rey, por miedo a que esa pregunta revelase su identidad y fuese arrestado antes de poder llevar a cabo su misión. Se dio cuenta, no obstante, de que la mayoría de los soldados se dirigían a uno de los hombres más que al otro cuando recibían su paga, por lo que dedujo que ese debía ser el rey. Tomada la decisión, Cayo Mucio sacó su espada y atravesó al que creía era Lars Porsenna, con la mala fortuna de que, en realidad, se trataba de su secretario.

Mientras el joven aristócrata trataba de abrirse paso con su ensangrentada espada a través de la multitud, los guardias reales lograron rodearle y apresarle, y acto seguido fue arrastrado hasta el iracundo y confundido rey etrusco. Cayo Mucio no tardó en darse cuenta de que su intento de asesinar a Lars Porsenna no había salido como él quería, y que ahora se encontraba a merced del monarca. No obstante, nos cuenta Tito Livio, el romano se comportó como debería un ciudadano de la ciudad eterna. En vez de suplicar por su vida, o incluso quedar paralizado por el terror, Cayo Mucio enfrentó la situación de tal forma que, más que sentir temor, lo infundía. Antes de que el rey pudiese interrogar al joven, este alzó la voz y dijo:

«Soy un ciudadano de Roma, […] los hombres me llaman Cayo Mucio. Como enemigo, quería matar a un enemigo, y tengo suficiente valor como para enfrentar la muerte con tal de lograrlo. Es la naturaleza romana actuar con valentía y sufrir con valentía. No soy el único en haber tomado esta resolución en tu contra; detrás de mí hay una larga lista de aspirantes a la misma distinción. Si es tu deseo, prepárate para una lucha en la que habrás de combatir cada hora por tu vida y encontrar un enemigo armado en el umbral de tu tienda. Esta es la clase de guerra que nosotros, los jóvenes romanos, te declaramos. No temerás las formaciones, no temerás la batalla, es sólo cosa entre tú y cada uno de nosotros.»

(Tito Livio, II. 12. 9-12)

Esto enfadó aún más al rey, además de lograr preocuparlo, puesto que ahora se sabía el objetivo de una conspiración para matarle, pero no sabía ni quiénes eran “cada uno de nosotros” ni de qué forma le atacarían. Por esto, mandó encender un fuego y amenazó con arrojar a Cayo Mucio a este, a menos que entregase la información sobre el complot contra su vida. Cayo Mucio no se dejó intimidar y, para mostrarle al rey hasta qué punto llegaba la valentía romana, alargó el brazo derecho y lo puso sobre el fuego, dejando que las llamas devorasen su mano. Mientras esto sucedía, y sin dar muestras de dolor, Cayo Mucio le dijo al rey que esta era demostración de la consideración que tenían por su cuerpo aquellos que aspiraban a una gran gloria.

Mucio Escévola " ( Irade Timsali ) | Cuenta la leyenda... … | Flickr
Cayo Mucio Escévola quema su mano ante el rey Lars Porsenna

Al ser testigo de esto, Lars Porsenna quedó profundamente impresionado, tanto por la valentía del joven, como por su resolución inquebrantable de llevar a cabo su misión. Así que, como deferencia a su coraje (y posiblemente amedrentado por la aparente locura del joven), dejó marchar libremente y sin castigo a Cayo Mucio. Este, antes de marcharse, decidió recompensar el respeto a la valentía que había mostrado el monarca, y le hizo saber que, tras él, había otros trescientos jóvenes romanos dispuestos a intentar lo mismo que él había tratado de hacer, lo que visiblemente turbó al etrusco.

Lars Porsenna debía ahora decidir si mantenía el asedio y se arriesgaba a ser asesinado, o si por el contrario se marchaba y rompía el sitio. Finalmente, el monarca decidió proponer términos de paz a los romanos, quienes, tras unos días de negociación, aceptaron. Roma mantendría su nuevo sistema de gobierno republicano, pero a cambio entregaba algunos de sus territorios fuera de la ciudad, que pasarían al control de los etruscos. De esta forma, un asesinato fallido salvó a la recién nacida Res Publica.

En cuanto a Cayo Mucio, cuando volvió a Roma fue recibido como un verdadero héroe. Al ver su mano calcinada, sus compatriotas decidieron ponerle el sobrenombre de Escévola, del latín scaevus (zurdo), pues ya poco podía hacer con su mano derecha. Además de un nombre, Cayo Mucio Escévola recibió otros honores, entre los que destacan la concesión de tierras más allá del Tíber, que acabarían por conocerse como Prados Mucianos. La familia de los Mucio Escévola disfrutó de prominencia durante la república, dando varios cónsules durante los siglos, siendo el último Quinto Mucio Escévola (cos. 95 a.C., y Pontífice Máximo), asesinado en las guerras civiles de Mario y Sila. Además, este último Mucio Escévola era padre de Mucia Tercia, famosa por ser una de las esposas de Cneo Pompeyo el Grande, y madre de sus hijos.

Queda la discusión sobre la veracidad de esta increíble gesta. No es mi intención entrar a tratar este tema, puesto que no hay forma de saberlo a ciencia cierta. Lo único que podemos saber es que los romanos de la época de Tito Livio y más adelante creían verdaderamente esta historia, y les servía como ejemplo de coraje romano. Algunos estudiosos del tema han abordado el debate, y de las hipótesis propuestas varias apuntan a que es bien posible que, en realidad, hubiese una ocupación etrusca de Roma en esta época, que posteriormente sería liberada por las ciudades latinas que se aliaron contra el invasor etrusco. Esta hipótesis tan directamente opuesta a la narrativa romana puede explicarse cuando tenemos en cuenta que no era inusual que las generaciones posteriores reescribiesen la historia con el objetivo de eliminar las vergüenzas pasadas y convertirlas en grandes ejemplos de valor y valentía. Al final, la familia de Cayo Mucio mantuvo el sobrenombre de Escévola durante siglos, afianzando su legado, real o ficticio.

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA

Para más información sobre este tema y temas relacionados véase:

  • Fuentes Clásicas:
    • Tito Livio, Ab Urbe Condita II. 12-13.
    • Dionisio de Halicarnaso, Antigüedades romanas V. 27-35
    • Plutarco, Vidas Paralelas: Vida de Publícola 17
  • Fuentes Modernas:
    • Forsythe, G. (2005). A Critical History of Early Rome: from prehistory to the first Punic War. Berkeley: University of California Press.
    • Cornell, T.J. (1995). The Beginnings of Rome: Italy and Rome from the Bronze Age to the Punic Wars (c. 1000-264 BC). Routledge.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s