Galdós, Hermes de Trafalgar

Bien es sabido que la historia española del siglo XIX no se entendería de no ser por los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. A lo sumo se entendería de otra manera; pero nunca con tanta riqueza ni con la misma objetividad. La narración del memorable novelista nos cuenta cosas que un manual de Historia nunca podrá.

A través de las cinco series que conforman el grueso de esta colección, que cuenta con un total de 46 novelas, el autor canario narra mediante el formato novelesco los aspectos sociales y políticos que determinaron el rumbo de nuestro país. Algunos de los hechos históricos que se exponen fueron vividos por el propio Galdós, mientras que otros surgen de las historias de juventud de su padre, militar, y toman forma gracias a una admirable labor de investigación por parte del novelista. La primera serie está protagonizada por uno de los personajes más entrañables de la literatura española, Gabriel de Araceli, y en ella se produce un acercamiento a las intrigas palaciegas y a sus consecuentes hechos militares. 

¿Sólo militares? No, pero bien es verdad que la primera serie se enfoca en los actos belicosos que tuvieron lugar entre el 1805 y el 1812, período clave para entender por qué los franceses llegan a la península y cómo se desarrolla la guerra de la Independencia Española. 

Galdós sitúa el inicio de la trama en los propios recuerdos del joven Gabriel, que en ese momento ejerce de sirviente en la casa de un capitán retirado al que todavía le conmueve la nostalgia de la mar. En aquella casa tiene mucha importancia la presencia de Marcial, un amigo del amo de Gabriel, también ex marinero, que conspira exaltado en contra de los ingleses debido al rencor que les guarda desde la derrota española en la batalla del Cabo de San Vicente ocho años atrás (1797). En este combate ambos marineros sufrieron grandes pérdidas, de modo que representan el odio que le guarda el pueblo español al inglés, a su vez motivo último del interés de la ciudadanía media en batallas aparentemente poco ventajosas en todos los aspectos –Doña Francisca, mujer del amo de Gabriel, encarna el sentimiento antibelicista–.

A esto se suma la confianza que el pueblo español parece tener en las tropas de Bonaparte. Cabe interpretar un propósito por parte del autor en dar a entender que gran parte de esa confianza nace de la impopularidad de Godoy, personaje histórico al cual se le culpa de la pusilanimidad española en contraposición de la entereza atribuida al heredero a la corona, Fernando VII. Es posible que aquí el autor estuviese poniendo de manifiesto cómo Napoleón lograba su objetivo de crear una suerte de discordia en los españoles que le facilitase la imposición de su hermano José como rey de España.

Pérez Galdós continúa la narración histórica con la llegada de Gabriel a Cádiz, donde conoce al mítico brigadier Churruca, y realiza una detallada descripción de la flota franco-española, en especial se ensaña con los pormenores del Santísima Trinidad, el mayor barco de por aquel entonces, que tiene fascinado a Araceli. También expone la confusión que hay en el mando franco-español, pues los diferentes comandantes parecen tener planes de batalla muy dispares.

Aunque ya hemos visto personajes que representan un belicismo basado en la venganza, como pueden ser Marcial y el amo de Gabriel (“Doña Francisca tenía razón. Mi amo, desde hace muchos años, no servía más que para rezar”, comenta Gabriel), también los hay que representan la presencia de la artillería en los barcos españoles como señal de ausencia de hombres preparados para la batalla marina. Ejemplo de ello es Rafael Malespina, novio de la amada de Gabriel e hijo de uno de los personajes más divertidos de la novela, que se enrola en la aventura sin tener en cuenta su completa inexperiencia naval. Esto es importante ya que la historiografía suele apuntar a la carencia de hombres experimentados y en forma como uno de los principales factores de la derrota. Se debe tener en cuenta que la flota franco-española era más numerosa que la británica, pero que los materiales eran peores.

A pesar de todo, Gabriel está completamente enfundado por el patriotismo fruto del sentimiento de pertenencia a una gran armada llena de hombres dispuestos a dar la vida por un ideal superior a ellos mismos. La visión de una flota inmensa surcando el mar (32 navíos, 5 fragatas y 2 bergantines) le tiene embelesado. Sin embargo, se comienza a presagiar la debacle cuando una maniobra del Bucentauro –buque insignia de los franceses– permite que dos columnas de barcos ingleses ataquen por el costado de la línea de defensa franco-española. Es ahí cuando comienza una impresionante descripción de la batalla que oscila entre el terror de la muerte y los pensamientos apasionados de un adolescente.

Y es entonces cuando se pone de manifiesto la astucia del aclamado vicealmirante Nelson frente a la falta de comunicación entre franceses y españoles, toda ella caracterizada por la actitud altanera del comandante Villeneuve, máximo mandatario francés, que desoye los consejos de los españoles. No dejan de ser de interés las historias que se forman alrededor de los admirables comandantes españoles Federico Gravina, Alcalá Galiano y Cosme Damián Churruca, hombres que simbolizan la impotencia que hay en el heroísmo, y cuyas historias pueden ser interpretadas como una crítica del propio autor a lo fácilmente maleable que fue España frente a los franceses al luchar sus guerras para que terminasen traicionando los acuerdos establecidos.

A nadie se le escapa que la victoria británica supuso duras consecuencias para España, tanto a nivel material como a nivel moral. Si hasta entonces la flota española podía considerarse como una de las más respetadas, en ese momento la superioridad naval de los ingleses se hizo patente. El autor parece señalar esta batalla como una premisa esencial del desencanto popular que tres años más tarde nos haría caer en la ingenuidad más absoluta frente a las ansias expansionistas de Francia. La debilidad que se dejó entrever en aquella batalla obligó a los gobernantes españoles a resignarse a ser vistos como un mero estado satélite de los franceses.

En definitiva, la primera novela de los Episodios Nacionales aproxima al lector al hecho histórico a través de la ficción. Pero esto no es desventajoso. Si se respeta el rigor histórico, y Galdós lo hace, el acercamiento a través de la novela permite sentir más próximo el parecer de la época, lo que es sumamente útil para dejar de mirar la historia con los ojos de hoy. Además, la labor de Benito Pérez Galdós como fuente histórica de la batalla va mucho más allá de describir los aspectos técnicos de un enfrentamiento; lo que hace Galdós es usar los diferentes personajes (pertenecientes a ámbitos y clases sociales muy dispares) como representaciones del pensamiento del momento, lo que nos revela cómo, poco a poco, el parecer social va bullendo hasta conformar el motor histórico de los acontecimientos.

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