Demóstenes: el orador que se enfrentó a Filipo y Alejandro (y perdió)

Cuando pensamos en grandes oradores de la antigüedad, difícilmente nos olvidamos de Cicerón, el gran orador romano. Pero tal vez menos conocen a aquel al que el mismo Cicerón consideraba el mejor orador de todos los tiempos: Demóstenes. Puesto que vivió en una época en la que Atenas ya no disfrutaba del esplendor que había tenido durante el siglo V a.C., no se le recuerda tanto como a figuras del calibre de Pericles, Sócrates, o los dramaturgos de la época. No obstante, Demóstenes tuvo una importancia crucial en su siglo y en los venideros, a pesar de que, al final, resultó derrotado.

Demóstenes nació en Atenas en el año 384 a.C. en el seno de una familia acomodada. Su padre, que murió cuando Demóstenes tenía unos 7 años, le dejó una herencia sustancial, pero al ser menor de edad, sus propiedades pasaron al cargo de guardianes legales. Estos guardianes, parece ser, manejaron sus herencias de una forma tal que para cuando Demóstenes cumplió la mayoría de edad, apenas le quedaba nada de la herencia. Parece ser que esta fue la razón por la que Demóstenes comenzó a entrenar la retórica, para acusar a sus guardianes legales de haber malgastado su herencia. Nos dicen las fuentes que Demóstenes en un principio era un orador mediocre, y es posible que sufriese de rotacismo. No obstante, se dice que practicaba con pequeñas piedras en la boca para mejorar la pronunciación, o mientras corría para mejorar su capacidad pulmonar, lo cual potenció sus habilidades drásticamente.

Finalmente, una vez hubo alcanzado la mayoría de edad, llevó a juicio a sus antiguos guardianes legales y logró vencerles en el juicio. Este éxito llevó a Demóstenes a convertirse en logógrafo, una persona que escribe los discursos para litigantes. El sistema judicial ateniense favorecía enormemente los buenos discursos, y un logógrafo de calidad podía ser muy bien remunerado y reconocido. Además, y viendo que su entrenamiento como orador había dado resultado, también decidió convertirse en sunégoros, parecido a un abogado, que hablaba en los tribunales en nombre de su cliente. Su popularidad creció rápidamente, y es muy probable que llegase a convertirse en profesor de retórica para los jóvenes pudientes de Atenas.

La carrera legal estaba, en Atenas, muy íntimamente ligada a la política. Esto es porque en la sociedad ateniense era difícil distinguir entre juicios públicos y privados, ya que era muy común que políticos rivales se demandasen constantemente como forma de destruir al oponente, o para ganar popularidad a costa del otro. Así, aunque los logógrafos podían mantenerse en el anonimato, convertirse en un sunégoros de calidad abrió la puerta a Demóstenes a la vida pública. Además, y aunque como he dicho, los logógrafos podían ser anónimos, Demóstenes también practicaba este oficio públicamente, lo que le proporcionó gran popularidad de cara a su carrera política. No obstante, esto también le atrajo las críticas de sus rivales, que le acusaban de escribir discursos para ambas partes de un juicio con el objetivo de que uno fuese el claro ganador.

El caso es que pronto Demóstenes mostró un gran interés por la vida pública. En Atenas casi todos los ciudadanos participaban de una forma u otra en política, y Demóstenes ostentó varios cargos de poca importancia en su juventud. Pero poco a poco, y a raíz de su éxito en los tribunales, Demóstenes comenzó a labrarse una carrera política más importante, dando algunos discursos en la asamblea que tuvieron poca repercusión. Pero entonces, el rápido crecimiento de los macedonios dio a Demóstenes un objetivo y una oportunidad: se enfrentaría a la amenaza de Filipo.

El crecimiento de Macedonia comenzaba a amenazar la autonomía de las ciudades-estado griegas a mediados de siglo IV a.C., y Demóstenes se decidió a alertar a sus conciudadanos y conminarles a enfrentar al rey. En ca. 351 a.C., Demóstenes escribió y pronunció su “Primera Filípica”. Entre 351 y 341 a.C., todos los discursos de Demóstenes en público tuvieron que ver con la amenaza de Filipo, que crecía a pasos agigantados, y que poco a poco engullía los territorios cercanos. El orador, además, insultaba a Filipo llamándole “bárbaro”, quitándole su estatus como Heleno, razón por la que hoy en día sigue existiendo el debate de si los Macedonios como Filipo, o su hijo Alejandro, eran realmente “verdaderos griegos”.

Filipo II de Macedonia

Las advertencias de Demóstenes no fueron suficiente para frenar a Filipo, y en 338 a.C., el rey macedonio venció decisivamente a las fuerzas atenienses y tebanas que se habían enfrentado a él en Queronea. Esta victoria le otorgó a Filipo el control sobre las ciudades-estado griegas, que ya no podían resistir la fuerza de Macedonia. El discurso funerario que pronunció Demóstenes tras esta batalla aún sobrevive, y nos muestra a un Demóstenes que aun conserva esperanzas por la recuperación de Atenas, a pesar de que la derrota les había convertido, en realidad, en súbditos del rey macedonio.

No obstante, tan solo dos años después, Filipo resultó asesinado, y su jovencísimo hijo, Alejandro III, ascendió al trono. Las ciudades-estado griegas aprovecharon esta ocasión para recuperar su independencia, siendo Demóstenes uno de los líderes de la rebelión en Atenas. Cuando Alejandro llegó con una rapidez pasmosa casi hasta las puertas de Atenas, los atenienses rogaron piedad, y Alejandro les perdonó, aunque solo tras un sermón y una advertencia. Pero Demóstenes no estaba listo para rendirse, y cuando Alejandro marchó al norte para hacer frente a los vecinos de Macedonia, el orador difundió rumores (falsos) de la muerte del monarca, con el objetivo de insuflar valor en sus conciudadanos para enfrentarse a Macedonia.

Alejandro III «Magno» de Macedonia

El falso rumor surtió su efecto, y algunas ciudades-estado se rebelaron una vez más. Pero, como bien sabemos, Alejandro seguía vivo y coleando, y al enterarse marchó a toda velocidad contra los rebeldes. Destruyó completamente la ciudad de Tebas y exigió la redición de Atenas y el exilio de los políticos anti-macedonios, sobre todo Demóstenes. Los atenienses mandaron una embajada al rey y consiguieron convencerle de que perdonase la afrenta de Demóstenes. El orador era increíblemente popular, y Alejandro prefirió no alterar al pueblo ateniense, así que exculpó al que ya era su enemigo.

Aunque Demóstenes había sido derrotado por Alejandro, su popularidad se mantuvo alta. La mayoría de los ciudadanos compartían sus sentimientos y su anhelo por la libertad de Atenas, así que se mantuvo como uno de los políticos más influyentes de la ciudad. Y fue tras haber sido derrotado que Demóstenes pronunció su mejor discurso, “Sobre la Corona”. Un discurso forense (en los tribunales) en defensa de un aliado político que había propuesto en 336 a.C. (cuando murió Filipo) que se le otorgase a Demóstenes una corona de oro (esto era un honor tradicional en Atenas). 6 años después, en 330 a.C. (ya derrotada Atenas), un enemigo de Demóstenes llevó a juicio por esto a su aliado, y nuestro protagonista salió en su defensa con un discurso magistral que todos deberían leer. No solo defendió a su aliado, sino que hizo una apología de su propia carrera política con gran valentía y sin renunciar a sus anteriores decisiones cuando se había enfrentado a Filipo y a Alejandro.

Tras la prematura muerte de Alejandro en 323 a.C., Demóstenes tomó su última iniciativa política al instar a Atenas que se rebelasen contra el control macedonio, una vez más. La guerra que sucedió fue un desastre para Atenas, que fue vencida rápidamente por uno de los generales de Alejandro, Antípatro. Este exigió la entrega de los políticos anti-macedonios de Atenas, en especial Demóstenes. Viéndose arrinconado, Demóstenes se refugió en un santuario, donde fue encontrado por uno de los hombres del general. Como último deseo, el orador pidió escribir una carta, excusa que utilizó para ingerir veneno. Y, cuando notó que este surtía efecto pronunció sus últimas palabras:

“Ahora, cuando te parezca, puedes comenzar a jugar el papel de Creonte en la tragedia, y llevarte de aquí este cuerpo mío sin enterrar. Pero yo, gracias a Neptuno, por mi parte, mientras todavía estoy vivo, me levanto y dejo este sagrado lugar; aunque Antípatro y los macedonios casi no han dejado nada, salvo el templo, sin contaminar”.

Así, en 322 a.C. falleció Demóstenes, el mismo año en que, tras ser derrotada nuevamente por Macedonia, Atenas perdía definitivamente su democracia.

«La muerte de Demóstenes» (1879) de Alfred-Henri Bramtot

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