Un minuto del Conde-Duque de Olivares

Roma, 1587 – Toro 1645.

Hijo de Enrique de Guzmán, II conde de Olivares y embajador en la Santa Sede, y María Pimentel de Fonseca, hija del IV conde de Monterrey. 

Debería haber seguido la carrera eclesiástica, pero la muerte de sus hermanos mayores truncó su camino al quedar como único heredero de los títulos de su familia.
Se crió en Italia, y llegó a Sevilla en 1599. Dos años después, se instaló en Salamanca, donde estudió Derecho Canónico. 
Ostentó el cargo de consejero de Estado del rey Felipe III, convirtiéndose así en el III conde de Olivares en 1607. Fue ganando influencia y poder dentro de la Corte aprovechándose del declive del duque de Lerma. 

Ya con Felipe IV en el trono, fue nombrado consejero de Estado en 1622. Tres años más tarde, en vista de sus cargos como conde de Olivares, duque Sanlúcar la Mayor y duque de Medina de las Torres, se le empezó a tratar como “el Conde-Duque”.

Su principal objetivo estribaba en convertir a Felipe IV en el monarca más poderoso del planeta, para lo cual entregó al rey la “Instrucción secreta”, un informe en el que le recomendaba cómo gobernar siguiendo el ejemplo de su abuelo, Felipe II. Trató de implementar desde 1625 una “Unión de Armas”, un sistema de cuotas por el que los distintos territorios de la Monarquía debían proporcionar una cantidad fija de hombres con los que crear un ejército de cuarenta mil efectivos, que estaría disponible para defender cualquier espacio dominado por el rey

Conde-Duque de Olivares a caballo por Diego Velázquez

El desempeño español en las guerras exteriores para obtener reputación internacional ocasionaba unos costes que impedían implantar más propuestas del conde-duque. A pesar de la rendición holandesa en Breda en 1625, el error que supuso intervenir en la sucesión de Mantua por el control del norte de Italia tensó temporalmente las relaciones entre Felipe IV y su estimado valido. Aun así, Olivares pudo inaugurar el Palacio Real del Buen Retiro para ofrecer descanso al monarca, y su papel en la guerra con Francia resultó fundamental: en 1638 el conde-duque fue el artífice de la liberación de la fortaleza de Fuenterrabía, con lo que volvió a ganar el favor del rey. 

Dada la proximidad de Loeches con Madrid y la incesante crítica hacia su persona, Gaspar fue obligado a trasladarse a Toro, en Zamora, donde moriría en estado de demencia el 22 de julio de 1645. 

Pocos años más adelante, Olivares sufrió un durísimo revés. En su intento de convencer a las Cortes de Cataluña para establecer una verdadera Unión de Armas, la respuesta obtenida fue una fuerte rebelión en estos territorios a la que acompañó un golpe de Estado en Lisboa por la que el duque de Braganza se proclamó rey de Portugal

Sin olvidar su mala reputación por su ambición excesiva y consecuente contribución a la caída del imperio español, los historiadores más actuales no dejan de enmarcar al conde-duque de Olivares como un poderosísimo estadista con una interesante visión de futuro. 

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