Los oráculos griegos: Delfos

“¡Matarás a tu padre y te casarás con tu madre!”; probablemente una de las profecías míticas más conocidas del Oráculo de Delfos, que queda claro que no se andaba con tonterías. Esta profecía que recibió Edipo es tan solo una de las muchas que se escucharon de la Pitia en Delfos, el lugar sagrado más importante del mundo heleno.

La adivinación era el canal de comunicación entre hombres y dioses, que permitía indagar en lo desconocido o negociar con el dios un destino mejor. El primer testimonio oracular conocido se remonta al siglo XV a.C., cuando Hatshepsut consultó al dios egipcio Amón acerca de sus derechos al trono egipcio. En la vida religiosa de los antiguos gran parte de los rituales estaban dirigidos a recabar información sobre el porvenir, considerándose las consultas desde una vertiente pública -consultas oficiales de la ciudad- o privadas -en la intimidad del creyente-.

Situado al pie del Monte Parnaso, centro del universo griego, el Santuario de Delfos perteneció al culto cretense de la Madre Tierra, hasta que alrededor del siglo VIII a.C. se estableció el culto del dios Apolo. Según el mito, Apolo viajó por el mundo griego en un carro tirado por cisnes y fue fundando oráculos. En Delfos se enfrentó y mató a una enorme serpiente adivinadora, Pitón. En su honor instauró unos juegos fúnebres, los Juegos Píticos, y denominó a la sacerdotisa del templo Pitia.

Apolo y la serpiente Pitón – Cornelis de Vos (Museo del Prado)

La adivinación de la sacerdotisa de Apolo, que se ubicaba dentro del Gran Templo de Apolo, consistía en una posesión divina del dios en el interior de la mortal (enthousiasmós). Según cuentan Diodoro y Plutarco, la inspiración de la pitia provenía de una grieta en el suelo bajo el trípode, de la que manaba un vapor conocido como pneuma -que causaba en la mujer las alucinaciones que propiciaban sus vaticinios-.

A pesar de jugar un papel fundamental dentro del entramado religioso helénico, el Oráculo de Delfos iba mucho más allá de su función religiosa. Delfos era un enclave de información política y un órgano de coordinación de las alianzas y consideraciones de los distintos pueblos griegos. En época arcaica y clásica, la política y sociedad griega se vieron fuertemente influenciadas por los decretos de los grandes oráculos, siendo el délfico la más alta autoridad de todos ellos.

Gran Templo de Apolo – Delfos

El reconocimiento del poder era, por tanto, una función primaria de los oráculos. En ciertas materias la consulta a la Pitia era obligada, concerniendo tanto a legisladores como gobernantes. Incluso el Derecho penal quedaba en manos de Delfos, como era el caso de los arbitrajes oraculares en casos de homicidio. Desde época arcaica en todas las poleis (plural de polis, ciudad-estado griega) se tenía muy presente la consulta previa a una guerra, ya fuese como preámbulo a su declaración o para averiguar su curso o su final. 

Uno de los más notables ejemplos de consulta bélica se enmarca en el transcurso de la Segunda Guerra Médica entre griegos y persas. Atenas envió a su embajada sagrada (theoríai) a preguntar al Oráculo cómo podría la ciudad hacer frente al ejército persa de Jerjes, a lo que este contestó: “Zeus dará a la Tritogenia (epíteto de Atenea) un muro de madera”. Tras una extensa polémica acerca de cómo interpretar el oráculo, se optó por emplear un verdadero muro de madera, la flota ateniense, que venció en la batalla naval de Salamina y detuvo el avance aqueménida.

Sacerdotisa de Delfos – John Cllier (Art Gallery of South Australia)

La inviolabilidad del Santuario hacía que las poleis enviasen allí sus tesoros, además de diversas ofrendas en agradecimiento al dios tanto dinerarias como en especies. Al entrar al Oráculo, el consultante debía satisfacer una ofrenda obligada al altar exterior del templo de Apolo, además de un sacrificio de un animal costeado por el consultante.. Convertido en uno de los lugares más ricos de Grecia, fue uno de los centros de comercio panhelénico a distintas escalas. 

Delfos se consagró como vínculo identitario panhelénico, celebrándose en otoño cada cuatro años los Juegos Píticos, que reunían durante tres meses a los mejores poetas, músicos y deportistas del mundo helénico (a diferencia de los Olímpicos, donde no había competiciones artísticas). Los oráculos supusieron un elemento de cohesión y utilidad para la creación de una caracterización helénica.

Llegando a la cúspide de su poder y fama en los siglos VI y V, el Santuario fue perdiendo autonomía en favor de ciudades como Atenas o Esparta, hasta que Roma se hizo con el santuario en el 191 a.C. Tras su clausura definitiva en tiempos de Teodosio el lugar fue abandonado, y fue redescubierto en el siglo XVII por George Wheeler y Jacques Spon. En 1860 comenzaron las excavaciones modernas del Santuario.

Hoy día el Santuario de Delfos es un lugar privilegiado dentro de Grecia, una suerte de emplazamiento en la región de Fócida que merece la pena visitar, pues la totalidad de las palabras que pueda escribir este modesto escritor no harán jamás justicia al lugar mágico donde viven las Musas, el lugar mágico que es Delfos.

La locura del rey Felipe V

Corría el año 1700 cuando Carlos II, último Rey español de la Casa Austria, abandonó el mundo con una frase que bien podría ser un resumen de su vida: “me duele todo”. Aproximadamente a 1000 kilómetros de allí, en Versalles, el Rey Sol comenzó a organizar la marcha de su nieto Felipe de Anjou para ocupar el trono español.

Sin tener ni el más remoto conocimiento de la lengua, costumbres o historia del país, Felipe fue enviado a la Península, en la que posteriormente tendría que librar una Guerra de Sucesión contra Carlos de Habsburgo, y donde fue recibido con auténtico fervor, especialmente por las gentes de la capital. Lo que no sabían los madrileños que lo acogieron con tanta pompa y fiesta, es que se trataba de un tímido muchacho que no quería tomar parte en las decisiones del Consejo Real, al cual se limitaba a llegar tarde y a esconderse tras las cortinas de Palacio.

Felipe V – Jean Ranc (Museo del Prado)

El reinado del primer Borbón español no se comprende sin la intervención de dos mujeres fuertes, inteligentes y decididas: María Luisa Gabriela de Saboya e Isabel de Farnesio, su primera y segunda esposa, respectivamente. Mientras ellas tomaban las riendas del Gobierno del país, Felipe se sumía en un abatimiento melancólico, del que solo le sacaba el sexo, la caza, los toros y la guerra -en la que pasaba de ser Felipe “el melancólico” a Felipe “el animoso”-.

Contrajo nupcias con María Luisa cuando esta no contaba más que 13 primaveras. A la boda siguieron casi dos meses de luna de miel desenfrenada, tras la que aparecieron los primeros episodios de trastorno bipolar o esquizofrénico y de hipomanía, a los que los doctores de la época dieron el nombre de “vapores”. Estos vapores, consecuencia de las taras genéticas procedentes de los continuos matrimonios entre parientes, han dejado anécdotas para la historia de lo más curiosas y divertidas, si bien a los españoles de la época no les debió hacer ninguna gracia tener semejante Rey.

Los primeros vapores le hicieron creer que moría, razón por la que se quedaba largas horas tumbado en sus aposentos sin dar señales de vida. También desarrolló una enemistad con el mismísimo Sol, culpando al astro de golpearlo y herir sus órganos internos; y organizó un grupo de monjas para que vigilaran sus ropas y las cosieran con sus propias manos, pues afirmaba que desprendían una luz mágica, y temía que fuese una manifestación del demonio. 

María Luisa Gabriela de Saboya – Jacinto Meléndez (Museo Cerralbo)

Al fallecer María Luisa, Felipe cayó en una profunda tristeza. No obstante, antes de que fuese a más, se le buscó rápidamente una nueva mujer, Isabel de Farnesio. La italiana se hizo cargo del país con mano firme, contrarrestando la demencia del Monarca, que a partir del conflicto por la toma de Sicilia  y Cerdeña comenzó a descuidar su higiene y tener tendencias suicidas. 

A principios de 1724 se le juntó la locura con la crisis de los cuarenta, por lo que decidió retirarse para preparar su muerte y expiar sus pecados (cosa que hacía, entre otras cosas, flagelándose a diario), y abdicó en su hijo Luis I, “el breve”. Apenas siete meses después, la prematura muerte de Luis hizo que Felipe V tuviese que poner fin a su jubilación, principalmente debido al interés de su esposa en volver a ejercer como gobernante.

Durante esta segunda etapa, marcada por su amor-odio a Francia y su continuo deseo de volver a abdicar, comenzó a negarse a ver a sus ministros y emisarios, y, en caso de hacerlo, no pronunciaba palabra alguna. Cambió de horario, durmiendo de día, cenando a las cinco y organizando los Consejos Reales y recepciones de madrugada. Estos nuevos brotes de locura llevaron a un sinfín de discusiones con su mujer, a la que golpeaba y hería durante las mismas; algo que no hacía solo con ella, pues cualquier persona de la Corte tenía papeletas de llevarse un golpe Real en cualquier momento. Aun así, Isabel se mantuvo firme, y llevó a cabo el papel de Rey y Reina

Isabel de Farnesio – Louis-Michel Van Loo (Museo del Prado)

No contento con su afición por hacerse el muerto y fingir ser un fantasma, decidió pasarse al reino animal y comenzar a sentirse un sapo, actuando como tal. El Rey Rana, lejos de lo que correspondería a un anfibio, decidió alejarse del agua y no ducharse. Dejó de cambiarse de ropa por miedo a que lo envenenaran con toxinas en los tejidos, y en caso de hacerlo, los ropajes tenían que haber sido empleados previamente por su mujer (si tenía que caer alguien, no iba a ser él). 

En 1729, se decidió que sería bueno trasladar al Rey a Sevilla, una ciudad caída en la intrascendencia en los últimos tiempos. Si querían trascendencia, ahí tenían dos tazas. El Rey y su corte arrasaron la Hacienda de la ciudad andaluza a base de recepciones, fiestas y demás pasatiempos. El Monarca mostró una mejoría con el cambio de aires, pero volvió a las andadas de vagar por el palacio con la lengua fuera haciendo que era un fantasma. Y lo de las andadas es un decir, pues dejó de cortarse las uñas de los pies, hasta que le fue difícil y doloroso caminar. Pasaba la mayoría del tiempo pescando, y no en el Guadalquivir, sino en un cubo de agua rebosante de peces.

Este cambio de aires tocó a su fin y la Corte, de un día para otro, volvió a la capital (gran alivio para los sevillanos). Con “el melancólico” sumido en su mundo paralelo -si bien sus locuras habían remitido un poco-, Isabel de Farnesio fue capaz de mantener el país a flote, junto con figuras como José Patiño, y gracias en parte a la estructura heredada del reinado de Carlos II, que en contra de lo que se cree, fue un rey capaz que se supo rodear muy bien.

En 1737 apareció en la vida del Monarca el castrati Farinelli. Junto con sus ya mencionadas aficiones, le sirvió de refugio a sus vapores. Felipe V pedía a Farinelli que cantase durante largas horas en sus aposentos, veladas tras las cuales el Rey gustaba de pegar berridos en pésimos intentos de imitarlo.

La familia de Felipe V – Louis-Michel Van Loo (Museo del Prado)

El reinado de Felipe de Anjou, completamente marcado por la locura, de la que solo escapaba con sexo, caza, melodías de castrati y aún más sexo, tuvo sus luces y sus sombras. La supresión de los fueros de la Corona de Aragón, la guerra con la Gran Alianza Antiborbónica, los Pactos de Familia con Francia o la creación del Consejo de Castilla como Consejo único, son algunas de las reformas más reseñables de este período, y que marcaron un antes y un después en la historia de España.

Tras décadas de locuras, extravagancias y paseos fantasmales, el día 9 de julio de 1746, el Monarca murió con menor estridencia de lo que cabía esperar. Sin previo aviso, Felipe V se desplomó sobre su cama, probablemente debido a un ictus, poniendo fin a una vida y un reinado que, en ciertos aspectos, salió rana.

Lectura recomendada

Los Borbones y sus locuras – César Cervera Moreno

Velázquez: el arte de pintar un bufón

El arte de Velázquez es perfecto en todas sus etapas. Todos y cada uno de sus lienzos nos entregan un mensaje vital y una capacidad de expresión única en el mundo, y dejan ver la increíble capacidad de evolución continua que tenía el sevillano. Desarrolló a lo largo de su carrera un talento compositivo que lo encumbró en el Olimpo de los pintores, destacándose como un retratista único que nos legó obras magníficas, ensalzadoras de los gentilhombres de la Corte. Estos retratos majestuosos dejaban patente una elegancia y una posición social superior a la del propio espectador, convencionalismo al que Velázquez hubo de adaptar sus creaciones.

No obstante, Velázquez fue un hombre inquieto, activo, siempre deseoso de ir plus ultra en sus posibilidades creativas y su aprendizaje; y fue en Palacio donde encontró a los compañeros de viaje perfectos para su propósito . Los bufones.

El Bufón llamado Don Juan de Austria – Diego Velázquez
El Bufón Barbarroja – Diego Velázquez

Durante los siglos XVI y XVII fue común que estos “locos” -que comprendían desde enanos y bufones a simplones inocentes- formasen parte de las Cortes europeas, y la del Rey Planeta no iba a ser menos. Estos personajillos, fuente inagotable de risa y entretenimiento, subvertían los códigos de conducta e incluso llegaban a faltar al respeto a la autoridad, una cercanía que les logró un estatus privilegiado dentro del complejo engranaje que era la vida palacial.

Antes de Velázquez otros ya retrataron a estos personajes, como Antonio Moro o Sánchez Coello, todos con una iconografía similar. Representados individualmente imitaban los retratos convencionales nobiliarios de forma irónica, mientras que si eran retratados junto a sus señores era una muestra de benevolencia y de superioridad física, moral e intelectual de los mismos.

Lo normal habría sido que Velázquez siguiese esta línea de representación y mostrase a los bufones como un “objeto”, un complemento a la magnanimidad del noble de turno, carente de alma. Eso habría hecho cualquiera, pero Velázquez no era cualquiera.

La infanta Isabel Clara Eugenia y Magdalena Ruiz – Alonso Sánchez Coello
Doña Juana de Mendoza con un enano – Alonso Sánchez Coello

Campo de experimentación y superación, la serie de retratos de los bufones es uno de los ejemplos más claros de la relación entre modelo y retratista, y la acción plástica que realiza frente a ellos. Dota de nobleza y dignidad, no ya a los modelos, sino a sí mismo, al propio arte de la pintura.

Los retratos de bufones desafían y rompen las expectativas del espectador. El pintor sevillano no reduce su humanidad, sino que hace una caracterización empática, se centra en lo que les hace personas y nos hace más sensibles a su existencia, permitiéndonos encariñarnos de Francisco Lezcano o sentir empatía -casi pena- del melancólico Sebastián de Morra, enano de expresión severa cuyo rostro casi nobilístico no concuerda con su anatomía física. Muestra una personificación singular, no genérica, otorgando a cada bufón sus cualidades personales y una fuerte carga psicológica.

El Bufón el Primo – Diego Velázquez

Velázquez hace gala del humor que caracterizó su vida y pinta unos seres desventurados que se meten en nuestra intimidad, que se burlan del espectador, que casi espera que uno de los borrachos que acompañan el Triunfo de Baco le ofrezca una copa de vino o que el Bufón Calabacillas, ese truhán con una mirada tan sonriente como carente de juicio, le suelte un improperio acompañado de una risita nerviosa.

El Triunfo de Baco – Diego Velázquez
El Bufón Calabacillas – Diego Velázquez

Siguiendo la tesis (bastante interesante) de la Doctora Georgievska-Shine, Velázquez realiza un juego de símiles y contrastes, mostrando a los bufones como contrarios improbables de sus homónimos reales. De esta manera, los bufones llamados Juan de Austria y Barbarroja son la “parodia” de los personajes históricos; Marte, ataviado con el mostacho típico de los Tercios de Flandes, es una figura melancólica y pensativa que nada tiene que ver con el aguerrido dios romano de la guerra; y Demócrito más que un filósofo es un personaje de aire chistoso que nos señala sonriente y picaresco el globo terráqueo como si de un objeto de disparate o locura se tratase.

Más allá de la iconografía y la razón de ser de esta particular tipología de retrato, Velázquez hace lo que mejor sabía hacer, pintar. Probablemente uno de los mejores cuadros de esta serie es “Pablo de Valladolid”. Con una limitadísima gama cromática, el sevillano hace un retrato de cuerpo entero que se vale tan solo de su expresión y el gesto de sus manos. Produce una sensación de espacio sin ningún tipo de referencia u objeto (¡ni tan siquiera la línea del suelo!), creando en el lienzo una atmósfera en la que el espectador casi puede meterse, respirar su aire, y deleitarse con el chiste del bufón que seguro provocaría las risas de todo el Alcázar.

Pablo de Valladolid – Diego Velázquez

Este es tan solo un episodio más de lo que fue el fenómeno Velázquez, uno de esos prodigios que aparecen una vez cada mil años, y que hacen mejor y más llena la vida de quienes tienen el privilegio de conocerlos en vida y de los que tienen la suerte de contemplar su obra siglos después.

El hispalense plasmó al óleo pequeños instantes de la vida de extraños anónimos, que hoy cuelgan en las paredes de los más importantes museos, y que nos abre la posibilidad de contemplarlos y entrar en diálogo con ellos. Casi como si estuviesen vivos hoy, porque el arte de Velázquez es perfecto en todas sus etapas.

Paris y Helena: todo vale en el amor y la guerra

Un poeta ciego del siglo VIII a.C. narró un episodio, trágico y apasionante, ocurrido durante la Época Oscura de Grecia, la Guerra de Troya. Un conflicto en el que hasta los mismísimos dioses intervinieron. Un conflicto que acabó con la destrucción total de una ciudad. Un conflicto producido por la imprudencia de un joven príncipe troyano y una reina espartana, la más bella mujer del mundo antiguo.

Dicha mujer nació de Leda y fue hija adoptiva del Rey de Esparta, Tindáreo. Todos los príncipes de Grecia la pretendieron, pero solo Menelao tuvo la suerte de casarse con ella. Así era como Helena de Esparta convertía a Menelao a heredero del trono de Esparta, al que accedió a la muerte de Tindáreo. Sin embargo, la suerte con la que fue agraciado Menelao tenia un final con nombre propio, Paris, hijo del Rey de Troya.

Paris, que nació como príncipe heredero de los reyes de Troya, Príamo y Hécuba, fue mandado sacrificar tras su alumbramiento, pues los adivinos vaticinaron que su nacimiento supondría la destrucción de la ciudad. No obstante, el hombre al que le encargaron la tarea, Agelao, jefe de los pastores, fue incapaz de concluir la tarea y lo acogió como hijo adoptivo. Paris pronto destacó por su belleza, fuerza e inteligencia, y creció totalmente ajeno a cuanto el futuro y los dioses le deparaban.

Paris y Hermes – Aníbal Caracci (Museo del Louvre)

Todos los dioses olímpicos, que tanto gustaban de fiestas, fueron por aquel entonces invitados a la boda de Peleo y la ninfa Tetis (los padres de Aquiles). Todos excepto una diosa, Éride, la diosa de la discordia. Semejante ninguneo provocó la cólera más terrible de la diosa, que trazó un plan para arruinar el evento. 

Fue a la boda y arrojó una manzana de oro en la que ponía “para la más bella”, y tanto Hera, como Atenea y Afrodita, se dieron por aludidas. Zeus, que prefirió no intervenir en tan peligrosa disputa, delegó como tantas otras veces el problema en el siempre diligente Hermes. El mensajero de los dioses llevó a las diosas al Monte Ida y escogió como desafortunado árbitro a Paris.

Cada diosa prometió a Paris una cosa en caso de que fuese la elegida. Hera le prometió hacerle Señor de toda Asia y el hombre más rico del mundo, y Atenea le prometió ser el hombre más bello y sabio del mundo, vencedor en todas las batallas. Tentadoras promesas, pero que sin embargo, nada tenían que hacer contra la de Afrodita. La diosa de la belleza le ofreció aquello que todos los hombres de la tierra ansiaban, el amor de la mujer más hermosa del mundo. Incapaz de rechazar el ofrecimiento, Paris nombró a Afrodita como merecedora de la dorada manzana, ante la ira de Hera y Atenea.

El Juicio de Paris – Pedro Pablo Rubens (Museo del Prado)

Paris, todavía con el resonar del juramento divino de Afrodita, decidió acudir a los juegos fúnebres que Príamo organizaba todos los años en honor de su hijo, a quien creía muerto. Lejos de estarlo, el joven venció en todas las disciplinas, para humillación pública de los que eran sus hermanos, que decidieron asesinarlo. 

Antes de que cumpliesen su cometido, Agelao confesó la identidad de Paris, para sorpresa de la ciudad de Troya. Fue llevado al palacio y recibido con todos los honores que un príncipe troyano merecía, ante el horror de los sacerdotes de Apolo, conscientes del destino que se cernía sobre ellos.

El rapto de Helena – Tintoretto (Museo del Prado)

Tiempo después, Paris fue enviado a la Esparta gobernada por Menelao. Fue en esta desdichada visita a Lacedemonia cuando conoció a Helena, de la que se enamoró irremediablemente. Hay fuentes que optan por un amor correspondido por parte de la reina de Esparta, a la que la diosa Afrodita abrió el corazón para amar a Paris; otras por que fue llevada a la fuerza; sea como fuere el hecho es que se fue con Paris a Troya y se casó con él.

El ultraje a Menelao era absoluto. Suponía una violación gravísima a la “xenia”, la hospitalidad ofrecida a los extranjeros, cuyos lazos duraban eternamente e incluso entre enemigos. El Rey de Esparta, que era hermano del Rey de Micenas, Agamenón, logró el apoyo de los gobernantes griegos. Los aqueos reunieron una inmensa armada que se hizo a la mar y alcanzó las costas de Troya.

Fue así como una boda, un juicio y una misión diplomática produjeron el estallido de la guerra antigua más conocida de la Historia, y que Homero relató con maestría.

Schliemann: un pasado por (re)descubrir

Nuebukow hoy es un municipio en el norte de Alemania que cuenta con apenas cuatro mil habitantes. Este pequeño, casi insignificante, pueblecito vio nacer el 6 de enero de 1822 a todo un gigante de la Historia, Heinrich Schliemann, descubridor de Troya (o Ilión), Micenas y Tirinto, y padre de la arqueología moderna. 

Hijo de una humilde familia prusiana comenzó su andadura trabajando en un almacén de Fürstenberg, donde la fortuna quiso que se le cruzase un molinero ebrio -tal como cuenta en su autobiografía- que accedió a recitarle a Homero en griego a cambio de tres vasos de aguardiente. Este hecho prendió la mecha de la bomba Schliemann, que cambiaría la historia del mundo.

Retrato de Heinrich Schliemann – Escuela alemana

Para la inmensa mayoría en el siglo XIX, Ilión no era más que una leyenda inventada por Homero, tan irreal como los cíclopes, Circe o las sirenas. Tras mucho pensarlo, el joven Heinrich tomó una decisión, demostrar al mundo que se equivocaba y que Troya no era una invención mítica, sino una ciudad que existió realmente. Esta empresa requería algo de lo que el joven carecía: dinero.

Después de varias peripecias, entre ellas una lesión en los pulmones y un naufragio de un barco destino a Venezuela, quiso la vida llevarlo a Ámsterdam. Allí comenzó a aprender idiomas gracias a un método autodidacta -llegó a dominar alrededor de veinte lenguas-, lo que le abrió las puertas de San Petersburgo, donde lo envió su empresa gracias a los conocimientos que tenía de ruso. En 1852, un año antes de la Guerra de Crimea, estableció una filial en Moscú de venta de índigo, cuya producción continental se guardaba en Memel. Esta ciudad fue arrasada y reducida a cenizas durante el conflicto, y toda la producción quedó destruida. Toda menos la de una persona, Schliemann. 

Según cuenta C. W. Ceram en «Dioses, tumbas y sabios», Schliemann no dudó en afirmar que “el cielo había bendecido de modo milagroso mis empresas, de modo que a finales de 1863 poseía una fortuna que ni mi ambición más exagerada hubiera podido soñar”. Siendo el único distribuidor de índigo -y habiendo expandido su negocio a materiales de guerra- se enriqueció exponencialmente, y en 1863 comenzó a liquidar sus negocios para dedicarse únicamente a los estudios que más le ilusionaban, Homero y la lengua griega.

Solo un auténtico loco, pensaban entonces, abandonaría unos negocios que le habrían hecho de los hombres más ricos del mundo para buscar una ciudad inventada por un poeta del siglo VIII a.C. Así que, con toda la comunidad científica en contra y el libro de su admirado Homero debajo del brazo, Heinrich Schliemann y su mujer Sofía (cómo no, griega) se pusieron manos a la obra.

Schliemann de joven

El descubrimiento de Troya no fue únicamente fruto del azar y de la diosa fortuna (Tyche). Que se hallase esta ciudad responde al conocimiento perfecto que Schliemann tenía de la Ilíada, a través de la cual reconstruyó los movimientos de los héroes aqueos y teucros y el emplazamiento de la poderosa ciudad de Ilión. 

Popularmente se creía que, en caso de existir, se encontraba en Bunarbashi, pero esto no convencía al prusiano, pues la distancia con el mar era demasiado grande. Leyendo los versos de la Ilíada anduvo y desanduvo los pasos de Héctor y Aquiles. Fue entonces que sus pies lo llevaron a parar a la colina de Hissarlik. Por su distancia al mar y la vista que permitía de la llanura de Troya era el lugar indicado para encontrar la ciudad, idea que compartía Frank Calvert, vicecónsul americano en Dardanelos y propietario de la mitad de la colina.

Tras lograr la autorización desde Constantinopla, el 11 de octubre de 1871 comenzó la primera de las cuatro grandes excavaciones de la colina, y desde Europa se oían burlas y chistes de las grandes autoridades de la época sobre el loco que gastaba su dinero buscando una ciudad ficticia. No sabían hasta qué punto se equivocaban.

Excavaciones en Troya

Schliemann descubrió algo inaudito. No solo encontró una ciudad de Troya, ¡sino nueve! Primero encontró unos muros y construcciones de tiempos de Lisímaco, príncipe que gobernaba parte del Imperio de Alejandro Magno, pero tuvo que destruirlos para seguir excavando. Injustamente criticado en ocasiones por los daños y pérdidas que infligió a parte del patrimonio arqueológico e histórico de la colina, se ha de tener en cuenta el contexto en que se encuentra. Carente de métodos suficientes ni fondos regionales de la Unión Europea… ¡Bastante hizo!

Habiendo excavado 250 mil metros cúbicos, en 1873 Schliemann decidió darse un respiro. Sin embargo, antes de marchar de Hissarlik halló lo que coronaría su trabajo y acallaría todas las voces (si es que quedaba alguna) que en algún momento dudaron de él. Inspeccionando las excavaciones en compañía de su esposa, Heinrich vio algo que llamó poderosamente su atención. 

Sin dudarlo un instante saltó a la fosa con un cuchillo -con el consiguiente peligro de derrumbe que implicaba-, de la que sacó lo que durante mucho tiempo se consideró “el Tesoro de Príamo”, un ajuar de 9000 piezas en el que destaca la que se creía que era la diadema de Helena, con la que Schliemann no dudó en engalanar a su mujer. El tesoro, que posteriormente se demostró de una época distinta a la Guerra de Troya, lo sacó furtivamente hacia Atenas -lo que le valió un conflicto con el Gobierno de Constantinopla- y de ahí lo donó al gobierno prusiano. En 1945, tras la toma de Berlín, el tesoro fue expoliado por las tropas soviéticas, y hoy reside en Moscú.

Sofía con la diadema de Helena

Alcanzado el primer punto culminante de su vida, el tesoro de Príamo, entre 1874 y 1878 se lanzó a por el segundo, Micenas, tierra de Agamenón el Átrida. Allí encontró, entre otras muchas cosas, la que creyó era la máscara funeraria de este y la Puerta de los Leones. Su obra arqueológica culminó con el descubrimiento de Tirinto, cuyas murallas eran portentosa obra de los mismísimos cíclopes.

Heinrich Schliemann, aquel chico humilde de un pueblecito prusiano terminó sus días como uno de los hombres más famosos del mundo. Todo cuanto se pueda decir de él es poco. Sacrificó toda su vida y su dinero para desenterrar del olvido los cimientos de la Antigua Grecia y la ciudad de Asia Menor donde una vez los griegos y los troyanos cayeron haciendo resonar sus broncíneas armas.

Afectado de unos problemas en el oído, Schliemann tuvo que parar su actividad arqueológica durante un tiempo, pero siempre pensando qué sería lo próximo por excavar. Sin embargo, la enfermedad se le complicó más de lo esperado. Murió en Nápoles el 26 de diciembre de 1890, dejando un legado imperecedero casi comparable con las audacias de Héctor y Aquiles relatadas por Homero.

Me gustaría dedicar este artículo (que no llega a hacer justicia al gigante que fue Schliemann) a mi abuelo, el Doctor Pepe Vázquez Cano, al que le encantaba «Dioses, tumbas y sabios»; y a Jorge Castillejo Striano y Carlos Romero Díaz, que me descubrieron la figura del arqueólogo prusiano

El Greco, o cómo hacer que se tambaleen los cimientos del Arte

En 1541 nacía en Candía (Creta) un meteoro, que se arraigó en España y provocó una explosión de genialidad precursora, haciendo tambalearse los cimientos del panorama artístico Europeo. 

Bautizado como Doménikos Theotokópoulos, recibió una formación bizantina, recogiendo influencias de los iconos en tablas y mosaicos. En 1567 se trasladó a Venecia, ya consolidado como “sgúrafos” (maestro que trabaja por cuenta propia), donde trabajó en el taller de Tiziano. En la ciudad recibió influencia de los dos grandes artistas del momento, Tiziano y Tintoretto. Trató de aprender sometiendo el espacio a las leyes de la perspectiva -empleando decorados con columnatas, palacios porticados y arcos del triunfo-, trabajando al óleo sobre lienzos muy toscos con una imprimación en ocre, en donde la elección de la luz y los colores tendrá una importancia decisiva.

En 1570 llegó a Roma, donde estudió principalmente a Miguel Ángel. Asimiló las formas del gran maestro Buonarotti y las adaptó a sus lienzos, consiguiendo mezclar lo monumental de las figuras del italiano con el naturalismo tan peculiar de su pincel. Sin embargo, la aventura romana de Doménikos duró poco. Como afirma Lafuente Ferrari, “el ambiente romano no era propicio al arte libre y expresivo de este extraño artista genial”. En la ciudad eterna aún pervivía una admiración casi religiosa por Miguel Ángel, y que el pintor de Creta criticase y se ofreciese a repintar la escena de El Juicio Final de la Capilla Sixtina (lo cual hizo sin maldad ninguna) le valió el enfado de los círculos artísticos romanos. 

Detalle del Juicio Final de la Capilla Sixtina – Miguel Ángel

Fue entonces cuando Theotokópoulos fijó sus ojos en España, atraído por las empresas artísticas de El Escorial, y fue a parar a Toledo en el año 1576. A finales del Siglo XVI Toledo era una ciudad exuberante de riqueza y cultura. Contaba con gremios, una universidad con abundantes cátedras, grandes construcciones… Y esto al pintor griego le vino como anillo al dedo. El desde entonces apodado como “Greco” (pues los toledanos consideraron que era mejor el apodo que tener que pronunciar su impronunciable nombre cretense) pudo desarrollar en Toledo una evolución artística que no podría haberse desarrollado en ningún otro país o ciudad del mundo.

Pintó sus primeras obras españolas entre 1576 y 1579, como El Expolio, donde inaugura una nueva modalidad artística donde concibe el espacio con una peculiar densidad de las figuras y una composición vertical sin paisaje ni espacios vacíos -lo que acrecienta la sensación de angustia-.

Trató de ir a probar suerte con Felipe II, quien le encargó en 1589 el Martirio de San Mauricio y la legión tebana. El Greco realizó un espectacular lienzo con una composición en distintas escenas y unos colores fríos (tan venecianos como el azul o el verde), realmente alejado del academicismo pictórico de entonces. Cuando Felipe vio el resultado no hizo otra cosa que horrorizarse, y decidió no encargar más obras al pintor.

El Martirio de San Mauricio – El Greco (Monasterio de El Escorial)

El Greco, a pesar de no contar con los favores de la Corte, sí que lo hizo con los de la devota ciudad de Toledo. Y para allá que se fue. No volvió a salir más de la ciudad, donde abrió un activo taller y desarrolló la etapa final de su pintura que hoy en día tanto le caracteriza. El de Creta ejemplifica la capacidad integradora de la sociedad española de finales del Siglo XVI, que acogió a lo que por entonces bien podía asociarse con un alienígena que había llegado paleta y pincel en mano. 

Intelectualizó su visión despojándose de todo naturalismo y empleando la luz de forma antinatural y arbitraria, que se derivaba de lo que cada forma y expresión exigían. Sus alargadas figuras no poseían densidad ni gravedad, flotaban entre cúmulos de nubes e inciertos paisajes, y estaban hechas de colores vibrantes y formas desdibujadas (que tan bien queda reflejado en las manos de sus personajes, afiladas como cuchillos). El movimiento parece proceder del interior de los personajes, creados mediante una pincelada suelta y descompuesta.

Fue uno de los mejores retratistas de la Historia. Sus retratos serios y austeros marcaron un antes y un después en la forma de concebir esta disciplina, y establecieron la pauta a seguir por los Velázquez, Alonso Cano, Zurbarán o Ribera que vendrían en años posteriores.

A pesar de haber abierto un taller, no pudo tener imitadores ni crear escuela, ni siquiera su hijo consiguió emular fielmente su estilo, que fue uno de los más personalísimos de la Historia del Arte. El Greco, como Cervantes, están a caballo entre el Renacimiento y el Barroco. No son ni lo uno ni lo otro. Cervantes desdibuja con su pluma a su extraño Quijote, tan extravagante y casi místico, que bien podría formar parte de uno de los lienzos del Greco.

El entierro del Conde Orgaz – El Greco (Iglesia de Santo Tomé)

El Greco gozó de gran fama en vida, pero cayó en el olvido de la historia en los años posteriores a su muerte. Sin embargo, la Generación del 98 favoreció la recuperación del que fue uno de los mejores retratistas de todos los tiempos, provocando un gigantesco tsunami de fama que duró todo el Siglo XX -de hecho se le dedicó una exposición en el Museo del Prado por primera vez en 1902-.

El Expolio, El entierro del Conde Orgaz, La fábula, La Trinidad, El caballero de la mano en el pecho… Todos ellos y muchos más son el magnífico legado que la experta mano de El Greco dejó a la Historia del Arte. En ocasiones menos valorado de lo que debería, Doménikos Theotokópoulos destrozó todos los convencionalismos artísticos de su época e innovó en el género de la pintura de una forma que nadie había conseguido ni, probablemente, conseguiría jamás. Un pintor que fue cretense de cuna, pero que las circunstancias de su vida y su largo peregrinaje por el Mediterráneo, hicieron de El Greco el más toledano de todos.

Las aventuras de Odiseo

A lo largo del día de hoy, 31 de octubre, se celebrará una fiesta catapultada a la fama desde Estados Unidos, pero que tiene su origen en la cultura céltica de Irlanda; nos referimos a Halloween. Queriendo contaros un relato aterrador y abundante en monstruos, la acción transcurrirá en un escenario aparentemente idílico, aunque, como todas las grandes historias de terror, esconderá sobrecogedores peligros. Acompáñanos en este «crucero» por el Mediterráneo, en el que el héroe mitológico Odiseo debe regresar a su hogar en la isla de Ítaca tras haber concluido la guerra contra Troya.

El Escenario de la Odisea – Ilustración de la obra «Las aventuras de Ulises» (editorial Vicens Vives)

Polifemo

Los cíclopes eran monstruos gigantes de un solo ojo, hijos del dios Poseidón, que vivían en una isla que se identifica hoy en día con Sicilia. Una de las muchas historias que se contaban de ellos es que construyeron las murallas de la ciudad de Troya. A los siete días de su viaje, Odiseo llegó a la ya mencionada isla, donde él y un puñado de sus compañeros encontraron una enorme gruta llena de cabras, ovejas, queso y leche. Movidos por la curiosidad de conocer la identidad del pastor del rebaño, decidieron esperar a su llegada, que se produjo por la noche. El morador de aquella cueva resulto ser Polifemo, un cíclope que nació de Poseidón y de la nereida Toos. El gigante selló la entrada de la cueva con una piedra, y tras encender un fuego descubrió a los extranjeros que habían entrado en su territorio.

Los griegos llevaban la hospitalidad hasta extremos insospechados; era una tradición que pasaba de generación en generación, y pensaron que el cíclope los acogería y les proveería de víveres tras narrarle su historia vivida en Ilión. Nada más lejos, Polifemo contestó que le importaba bien poco, y acto seguido, se comió a dos de los compañeros de Odiseo y se echó a dormir. El héroe, viéndose encerrado y a escasas horas de ser devorado por el monstruo, trazó un plan.

Con un enorme madero de olivo tallaron una estaca del tamaño de un hombre. A la noche siguiente, Odiseo ofreció al cíclope vino para emborracharle. Polifemo le preguntó su nombre, a lo que el de Ítaca contestó que se llamaba Nadie. El cíclope, ebrio, le dijo que a cambio del vino él tendría la gentileza de comerle el último, tras lo que cayó dormido. Fue entonces que Odiseo calentó la punta de la estaca en las brasas y se la clavaron a Polifemo en su propio ojo.

Odiseo ciega a Polifemo – Pellegrino Tibaldi

El monstruo comenzó a gritar y a pedir auxilio al resto de cíclopes, y cuando le preguntaron qué le ocurría respondió “¡Nadie me hiere! ¡Nadie me mata con astucia!”, por lo que ignoraron su petición de socorro. Para evitar que escapasen, el ahora ciego cíclope se puso a taponar la salida de la cueva para matar a los griegos en caso de que saliesen. Odiseo y sus compañeros se agarraron de los carneros para camuflarse y lograr salir, gracias a lo cual pudieron escapar.

Circe

Circe era temida por ser una peligrosa hechicera que vivía en la Isla de Ea (hoy identificada como la Península de Circeo, en la bahía de Nápoles). Los supervivientes de la flota griega llegaron hasta la isla, donde algunos de ellos, comandados por Euríloco, fueron enviados a explorar un fuego proveniente del bosque. Allí encontraron un gran palacio de piedra guardado por una mujer que cantaba y tejía, que no era otra que Circe. La hechicera les invitó a su palacio, donde les dio de beber. Cuando todos hubieron terminado sus copas, la bruja cogió una varita y convirtió a todos en cerdos, excepto a Euríloco, que receloso se negó a beber y salió huyendo.

Circe transforma sus enemigos en bestias salvajes – Wright Barker

Euríloco regresó a todo correr a contarle a Odiseo lo ocurrido. Este se adentró en el bosque para ir a rescatar a sus compañeros, cuando se le apareció Hermes. El dios le regaló una planta del suelo que solo los dioses podían arrancar, la hierba de la vida, que anulaba el brebaje que Circe dio a sus compañeros. 

Cuando llegó al palacio de la hechicera esta le ofreció vino, que bebió. La maga le golpeó con su varita, pero sin efecto; Odiseo desenvainó su espada y la amenazó de muerte si no devolvía a sus compañeros a la forma humana. Una asustada Circe accedió, y los griegos pudieron huir de aquella isla y continuar su Odisea.

Las sirenas

El tornaviaje hacia Ítaca aún debería enfrentar sendos peligros. La travesía en dirección al sur les llevaría a atravesar la isla de Sorrento, desde la cual se podía oír el rumor de bellas voces que cantaban. Estas procedían de las sirenas, que lejos de asemejarse a la inocente estatua de Copenhague, eran divinidades con cabeza y torso de mujer, y el resto del cuerpo de ave. Con su dulce canto atraían a los marineros incautos, quienes naufragaban y eran devorados por estas criaturas encantadoras.

Para prevenir semejante destino, Odiseo repartió fragmentos de cera entre sus hombres para que los emplearan como tapones que cubrieran los oídos. No obstante, el héroe quiso no perderse el «concierto», ordenando que lo ataran al mástil de la embarcación, y que no le dejaran soltarse de sus ataduras bajo ningún concepto. Mientras sus hombres remaban para alejarse del peligro, inmunes al encantamiento, Odiseo fue seducido por la cautivadora voz de los cantos de las sirenas, llevándole a intentar liberarse de las cuerdas y suplicar que lo desatasen.

Ulises y las sirenas – John William Waterhouse

Cuando hubieron dejado atrás la isla, los tripulantes se quitaron los tapones y soltaron a un Odiseo que lloraba lastimosamente, desconsolado como si le hubieran arrebatado la mayor maravilla que hubiera presenciado en su vida. Pero no había tiempo para lamentaciones, Escila y Caribdis se vislumbraban a proa.

Escila y Caribdis

Ya desde la Antigüedad el estrecho de Mesina, que separa la Italia continental de la isla de Sicilia, era considerado como una zona de peligroso tránsito debido a las barreras de arrecife y las violentas corrientes que amenazaban con echar a pique los barcos incautos. Este temor se asociaría con la presencia de dos monstruos marinos que guardaban el paso, Escila y Caribdis.

Escila poseía figura de mujer, cola de pez, y de su parte inferior brotaban seis aterradores perros, mientras que Caribdis se tragaba tres veces al día el agua del mar, para después escupirla con gran violencia y así crear un remolino al que ningún navío podía escapar. Estando entre Escila y Caribdis, Odiseo dio la orden de navegar pasando al lado de la primera. Seis de los compañeros del héroe fueron apresados y devorados por el monstruo, siendo el precio a pagar a costa de evitar sucumbir toda la tripulación de haber sido arrastrados por la corriente de Caribdis. Odiseo estaba un paso más cerca de retornar a su hogar en Ítaca.

Odiseo ante Escila y Caribdis – Johann Heinrich Füssli

Halloween era considerado por los celtas una celebración en la que las barreras entre el mundo de los vivos y el de los muertos se desvanecían por una noche. La mitología griega ofrece una excelente interrelación entre lo real y lo ficticio, donde los dioses interceden en la vida de los hombres y los temores a los fenómenos naturales son representados con monstruos y seres sobrehumanos que conviven con nosotros. Y si no, que se lo digan a Odiseo.

España, la primera globalización

“España, la primera globalización” es el título del último documental de José Luis López-Linares, que pretende “poner el foco en defender y divulgar hechos ciertos de nuestra compleja y emocionante historia”. El documental desmonta las mentiras generadas por el operativo propagandístico de Leyenda Negra e Hispanofobia de las potencias europeas, que trataron de denostar los logros y magnificar los errores del Imperio Español -en palabras de Marcelo Gullo, “la Leyenda Negra es la obra de marketing más perfecta de la Historia»-.

A lo largo del reportaje aparecen distinguidas personalidades de distintas disciplinas, desde la Doctora en Historia de América Enriqueta Vila Villar hasta el cocinero Ferràn Adrià, pasando por Alfonso Guerra, Nigel Towson o Pedro Insua. Estos y muchos más van creando el relato histórico que busca presentar la realidad de la Historia de España como fue, desmontando algunos de los grandes mitos que la historiografía extranjera ha atribuido a la Nación más antigua de Europa, y que atrapa al espectador desde el primer minuto.

Comenzando con la expulsión de los judíos de 1492 (que ni fue la primera de Europa ni la más destacable) se adentra al espectador en los tiempos de los Reyes Católicos, con los que surge la Nación Hispánica que “derrumba el mundo antiguo y da comienzo a la Revolución Científica”. Uno de los puntos clave del proyecto consiste en desmentir algunos hechos que incluso hoy en día se dan por ciertos acerca de la Inquisición Española por un lado, y la conquista de América por otro. 

La parte relativa a la América Hispana, que es la que ocupa la mayor parte de la proyección, resulta especialmente interesante y esclarecedora. Se defiende la figura de un personaje tan injustamente maltratado por la historiografía como es Hernán Cortés, y se reivindica a Doña Marina (o La Malinche) como verdadera artífice de la conquista de México. A estas dos figuras se suma una larga lista de personalidades -muchos de ellos olvidados- que establecieron las bases de lo que sería el mundo moderno: Nuñez de Balboa, Magallanes, Elcano, Domingo de Soto, José de Acosta, Francisco de Vitoria…  De ser anglosajones, Hollywood ya les habría dedicado una serie-documental a cada uno, anunciándolo a bombo y platillo, y sin embargo en España se les dedica poco más que un par de líneas en los libros de texto (y con suerte).

España fue un verdadero motor en la fundación de ciudades a lo largo y ancho de América y parte del Pacífico. Lugares que se construían en base a la concepción de urbanismo moderno (con hospitales, universidades, imprentas, etc.) y en los que se daba a la población una serie de derechos en igualdad de condiciones al de los castellanos o los aragoneses.

Tal como se afirma, México llegó a ser el eje central del mundo y Manila el epicentro de la primera globalización. Desde este enclave filipino, España consolidó su relación comercial con la China de la dinastía Ming y convirtió su divisa en la unidad monetaria internacional. Por asombroso que parezca, España y China mantuvieron desde comienzos del Siglo XVI una estrecha relación, solo comparable con el comercio internacional del mundo globalizado en que vivimos.

La pérdida de los territorios que conformaban el Imperio durante la dinastía Borbónica sirve a modo de conclusión. Una conclusión que evidencia cómo las potencias europeas, en especial Inglaterra, balcanizaron Sudamérica para lograr sus objetivos comerciales y económicos, algo a lo que Fernando VII, el Rey más incompetente de la Historia de España, no supo dar respuesta.

El documental de López-Linares es una proyección que hacía falta realmente. Tras siglos de propaganda y Leyenda Negra, los hispanos hemos sido los primeros en abrazar los mitos negrolegendarios y nos hemos visto en la obligación, casi moral, de tener que disculparnos por nuestro pasado. España e Hispanoamérica comparten una Historia de la que sentirse orgulloso, y que ha convertido a ambos lugares en hermanos que comparten una misma cultura, lengua y religión. Esta ha sido, sin lugar a duda, una de las primeras piedras sobre la que se construirá la defensa de la Hispanidad. Como sentencia Roca Barea al finalizar el documental, “la lucha por el pasado es la lucha por el futuro”.

El cuadro más ignorado del Museo del Louvre

Todo aquel que visita el Louvre, visita la sala 711 (conocida como la «Sala de los Estados»), probablemente la sala de museo que más visitantes acoge al año en el mundo, ya que en ella se encuentra La Gioconda de Leonardo Da Vinci. Un lienzo tan pequeño como es el de Leonardo (0,79×0,53) es capaz de hacer sombra a un cuadro de casi siete metros de alto y diez de largo, el más grande de todo el Museo. Los miles de visitantes que van a admirar la obra de Leonardo dan la espalda, y muchas veces ignoran, la obra de Las Bodas de Caná, de todo un genio como fue Paolo Cagliari, el Veronés.

El cuadro se le encargó al Veronés en 1562, para decorar el comedor del convento de San Giorgio Maggiore. El contrato estipulaba que el lienzo debía estar terminado para la fiesta de la Virgen (septiembre de 1563) y se le pagarían 324 ducados, 50 de ellos y un tonel de vino por anticipado.

Las Bodas de Caná – Paolo Veronese (Museo del Louvre)

En el enorme lienzo se despliega una composición abierta en la franja superior, en la que se aprecia el paisaje ideal de una ciudad renacentista, una arquitectura inspiración de Palladio, Sanmicheli y Sansovino; y una acumulación de figuras en la inferior, llegando casi al punto del horror vacui

El artista de Verona realizó una pintura en la que destacan la riqueza de las vestimentas y los adornos, cromados con los amarillos, rojos y azules tan venecianos, y abundantemente iluminados. Transformó el pasaje evangélico de San Juan en una espectacular fiesta veneciana, una representación mundana que incluía desde aristócratas y reyes hasta sirvientes, presentando al espectador un total de 130 personajes. 

En el centro de la composición, sentado a la mesa, se encuentra Jesucristo junto con la Virgen María. A su izquierda, los monjes benedictinos de San Giorgio disfrutan del abundante banquete. Sobre sus cabezas se observa la frenética actividad de los sirvientes, algunos de ellos cortando carne, seguramente alusión al sacrificio del cordero. Los asistentes a las Bodas se visten con los trajes típicos de la Venecia del Siglo XVI. Entre ellos se autorretrata el bueno de Paolo en el grupo de músicos, acompañado de sus colegas pintores Tiziano, Tintoretto y Bassano (según afirma la teoría de Zanetti). Música, ricas vestimentas, lujosas vajillas llenas de abundante comida y vino, que aseguran la diversión en la compleja escena que refleja el lienzo.

Este tratamiento tan burdo de una escena bíblica fue una gota más de un vaso que se colmó en el año 1573. La inquisición juzgó al Veronés por un lienzo de la Última Cena. Lo hizo comparecer ante el tribunal por, según reflectan sus actas, representar “bufones, borrachos, mercenarios, enanos  y otras imágenes frívolas”. Se le obligó a reformar la composición, pero el de Verona se limitó a cambiarle el nombre por “Cena en Casa de Leví”.

Cena en Casa de Leví – Paolo Veronese (Galería de la Academia)

Acabada la obra, Las Bodas de Caná se instaló en San Giorgio Maggiore en 1563. Allí permaneció hasta la campaña italiana de Napoleón, que seleccionó el cuadro para ser expoliado y llevado a Francia en 1797, proceso en el que el cuadro sufrió considerables daños que se agravaron posteriormente en la Segunda Guerra Mundial. Gracias a varias restauraciones, hoy se puede contemplar el magnífico lienzo de uno de los grandes genios de la pintura veneciana. Un lienzo que, de ahora en adelante, no pasará desapercibido para los lectores de Hermes Historia en sus próximas visitas al Museo del Louvre.

La leyenda de la Campana de Huesca

Hijo de Sancho Ramírez de Aragón, Ramiro II fue el V Rey de Aragón, entre 1134 y 1137. En su juventud fue entregado por su padre al monasterio francés de Saint-Pons de Thomieres, donde creció y se educó como un monje (de ahí que se le conozca como Ramiro II El Monje). A la muerte de su hermano Alfonso I el Batallador, la nobleza nombró un nuevo rey sin hacer cumplir el testamento del difunto. Los nobles decidieron entregar la corona al Monje, por aquel entonces prior del monasterio de San Pedro el Viejo en Huesca y obispo de Roda y Barbastro, sin saber que con esta decisión les acabaría saliendo el tiro por la culata.

Cuando Alfonso VII de Castilla tuvo noticia del nuevo nombramiento, marchó a tomar La Rioja y Zaragoza, ante la incapacidad de Ramiro de defender los que eran sus territorios. Su carencia de aptitudes para la guerra y su falta de habilidad para cabalgar despertaba la risa entre los nobles aragoneses, que veían a Ramiro II como un pelele al que podían manejar a su antojo. Estos mismos nobles protagonizaron una revuelta en 1135. Desesperado y sin saber qué hacer, Ramiro pidió consejo a su mentor, el abad del monasterio de Saint-Pons. Una vez llegado el emisario, el abad escuchó la petición de auxilio del Rey de Aragón, y sin decir ni una sola palabra, cogió un cuchillo y salió al huerto del monasterio. Una vez allí, cortó las hojas de col que más sobresalían, y ordenó al emisario que narrara al rey lo que había visto. 

Recibido el emisario le explicó exactamente lo que había presenciado, y a Ramiro II se le ocurrió un truculento plan que pasaría a la Historia como La leyenda de la Campana de Huesca. Ordenó formar Cortes en su castillo de Huesca, con el pretexto de mostrar a los nobles una enorme campana que había fabricado, cuyo tañido sonaría en todo el Reino de Aragón. Los nobles acudieron entre risas y expresiones de incredulidad a ver el último delirio de un rey al que consideraban inepto e incompetente. Ordenó que entrasen de uno en uno a su cámara privada, donde los fue decapitando y formando una campana con sus cabezas, en la que el badajo era la testa del obispo, instigador de la revuelta. Hizo esta escabechina con un total de 15 rebeldes. Cuando terminó este collage tan particular, ordenó al resto que entraran todos juntos a ver la Campana de Huesca, que verdaderamente sonó en todo el Reino de Aragón.

La leyenda del Rey Monje – José Casado del Alisal (Museo del Prado)

Ramiro siguió reinando dos años más, tiempo durante el que la campana siguió sonando. Los nobles no volvieron a contradecir al monarca por miedo a que le diese por ampliar el tamaño de la misma, pero la realidad es que al Monje no le gustaba gobernar. En 1137 concertó el matrimonio de su hija Petronila (que entonces tenía dos años) con un Conde catalán de 24 años, Ramón Berenguer IV. Asegurada la continuidad de su linaje en el trono, Ramiro II se retiró a su monasterio de San Pedro el Viejo, donde vivió los veinte últimos años de su vida.

Se ha discutido a lo largo de los años acerca de la veracidad del relato o si se trata de un mito. Lo que es seguro es que La leyenda de la Campana de Huesca supone una de las historias más extrañas y truculentas de la ciudad, digna de protagonizar un capítulo de Juego de Tronos.