El mito de la batalla de las Termópilas

El imaginario colectivo tiene una percepción más bien distorsionada de lo que fue la batalla de las Termópilas. Al parecer, los famosos 300 espartanos se enfrentaron a cuatrocientos trillones de persas, vestidos con un taparrabos y una capa, tableta aceitada y al aire, y donde estuvieron a punto de vencer al malvado y salvaje invasor oriental. Pues bien, para sorpresa de algunos, esto no fue así exactamente.

Cuando en 480 a.C. el rey persa Jerjes I (que no era un señor de 2.5 metros, calvo y que viajaba semidesnudo) avanzaba sobre las ciudades estado griegas, Esparta se encontraba en medio de un festival religioso, por lo que no podían mandar al grueso de su ejército a luchar. El rey Leónidas (que tenía unos 60 años, no 35), llevó a su guardia personal, a enfrentarse a los persas para intentar frenar su avance. Pero, a pesar de lo que podamos creer, el total de las fuerzas griegas era alrededor de unos 7.000 soldados (espartanos + aliados).

Jerjes I

Los griegos sabían que los persas les superaban en número. Pero no. Los persas no eran 2,6 millones de soldados como dice Heródoto. Su número era enormemente grande, alrededor de los 150.000, pero no nos flipemos. Como los persas eran tantísimos, y los griegos tan pocos, los espartanos y sus aliados decidieron utilizar las Termópilas como campo de batalla, pues su estrechez eliminaba la ventaja numérica de los persas.

Los espartanos no iban en pelotas a la guerra, que hay cosas que pinchan.

Además, los griegos también luchaban en el mar, liderados por los atenienses, en el estrecho de Artemisio. El objetivo era frenar a los persas y esperar a que la imposibilidad de la logística hiciese que los invasores se tuviesen que retirar. Todo lo que tenían que hacer era aguantar.

Y si lo pensamos bien, los espartanos fracasaron estrepitosamente. Sabían de la existencia de un paso que rodeaba su posición, y pusieron a un contingente ahí para defenderlo. Pero solo aguantaron tres días antes de que los persas les rodeasen y masacrasen a todos. Aun así, la leyenda sobrevive, y la placa conmemorativa que existe en el lugar ha logrado poner los pelos de punta a generaciones enteras:

“Cuenta a los Lacedemonios, viajero, que, cumpliendo sus órdenes, aquí yacemos”

Un minuto de la fundación de Roma

La leyenda cuenta que Amulio, rey de Alba Longa y usurpador del trono de su hermano Numitor, ordenó que su sobrina Rea Silvia fuese convertida en Virgen Vestal, lo que le impediría tener hijos que pretendiesen el trono. No obstante, cuando Rea Silvia dio a luz a los gemelos Rómulo y Remo, hijos del dios Marte, el monarca mandó que se les asesinara, así que fueron abandonados en la orilla del río Tíber.

Sin embargo, los gemelos sobrevivieron gracias a la ayuda del dios Tiberinus (dios del río Tíber), y fueron encontrados y amamantados por una loba. Criados por un pastor que los rescató de la orilla del río, crecieron sin conocer su verdadera identidad. No obstante, una vez llegaron a la edad adulta se vieron enzarzados en una pelea entre los partidarios de Amulio y Numitor.

A través de este conflicto, llegaron a conocer su verdadera identidad, y lograron reclutar el apoyo suficiente para tomar Alba Longa y deponer a Amulio. Una vez este fue muerto, Numitor recuperó el trono, y como recompensa para los hermanos, les concedió un grupo de seguidores para formar su propia ciudad sobre la que gobernar.

Los hermanos decidieron volver al lugar donde fueron rescatados para fundar allí su nueva ciudad, pero no lograron ponerse de acuerdo sobre el lugar concreto, y el grupo se dividió por la mitad. Tras varios intentos fallidos de resolver el conflicto, ambos grupos se enzarzaron en una pelea que acabó con la muerte de Remo a manos de su hermano Rómulo.

De este modo, fue Rómulo el que finalmente fundó la ciudad, a la que llamó Roma, sobre la colina Palatina. El origen de esta, aunque mítico, nos dice mucho sobre los romanos, quienes contaban de sí mismos que su origen se remontaba a la sangre de un fratricidio, legitimado por la violación de los límites sagrados de su ciudad, el pomerium.

Un minuto del caballo de Calígula

De las historias que sobreviven en el imaginario colectivo sobre las locuras de los emperadores romanos, suele destacar la de Calígula y su caballo, Incitatus. Seguramente todos hemos oído aquello de que “Calígula nombró cónsul a su caballo” pero ¿qué hay de verdad en esa historia?

Las fuentes antiguas como Suetonio o Dión Casio cuentan que Calígula tenía un caballo favorito al que le había construido un establo de mármol, un pesebre de marfil, un collar con joyas, e incluso una casa. Además, ambas fuentes rumorean que Calígula planeaba nombrarle cónsul y que no lo llevó a cabo únicamente porque fue asesinado antes de poder hacerlo.

Los historiadores modernos no están convencidos. Es muy probable que esta historia tenga algo de verdad, en cuanto a que es muy posible que Calígula tuviese un caballo al que mimaba con exageración. Pero, las historias de que el emperador lo llevaba a banquetes oficiales o que lo quería convertir en magistrado o sacerdote son claramente exageraciones.

Los testimonios que sobreviven fueron escritos muchas décadas e incluso algún siglo después del reinado de Calígula, en una época en la que pintar a los Julio-Claudios como locos y enfermos de poder era la norma. Así que lo más plausible es que estas historias fueran exageraciones propagandísticas o incluso chismorreos que atrajesen al lector.

Lo que sí que se baraja entre los historiadores modernos es la posibilidad de que las historias que cuentan Suetonio o Dión Casio estén basadas en bromas que gastaba Calígula a los senadores para humillarlos, haciéndoles entender que él creía que un caballo podía llevar a cabo las labores de un senador, pues estos eran incompetentes y/o inútiles en el imperio.

Debemos andarnos con cuidado con las historias de las fuentes antiguas sobre las locuras de los emperadores, las conjuras palaciegas o los chismorreos de las familias imperiales. ¡Las fake news no son un invento moderno!

Un minuto de Julio César

Nacido en 100 a.C. en el seno de una familia patricia venida a menos, Cayo Julio César tuvo una infancia tradicional de la aristocracia romana. No obstante, a los 15 años quedó huérfano de padre y se convirtió así en el cabeza de familia. En aquella época los grandes generales Mario y Sila se enfrentaban por el poder en Roma y, siendo que era sobrino político del primero, César se casó con la hija de un aliado de Mario.

La victoria de Sila trajo problemas al joven aristócrata, que tuvo que huir de la ciudad debido a su negativa a divorciarse de su mujer, exigencia del mismo Sila. Tras lograr ser perdonado gracias a la intercesión de su familia materna, César continuó con su educación militar y fue galardonado por su valentía en el campo de batalla en el este. Además, con tan solo 25 años fue secuestrado por unos piratas, a los que César logró dar caza y crucificar una vez fue liberado.

A su vuelta a Roma comenzó su carrera política, que le llevó por todas las magistraturas del cursus honorum (carrera de los honores) romano. Utilizó sus grandes dotes de orador para labrarse una buena reputación en el foro y en los tribunales, lo que le aseguró la elección a las grandes magistraturas. Tras ser elegido pretor y servir en Hispania como gobernador, volvió a Roma para ser elegido cónsul, el punto álgido de toda carrera política romana.

Tras su año como cónsul marchó a las Galias para llevar a cabo una campaña de conquistas que duraron una década. Se convirtió así en uno de los más grandes conquistadores romanos de la historia, rivalizando con el gran hombre del momento: Pompeyo.

No obstante, el senado y César entraron en un conflicto que no lograron superar, y César marchó sobre Roma con sus ejércitos, dando lugar a una guerra civil. En esta, se enfrentó en varias ocasiones a las fuerzas del senado en diversos lugares del mundo romano. Llegó incluso a Egipto, donde mantuvo un romance con la reina Cleopatra VII.

A su vuelta a Roma fue nombrado dictador vitalicio, pero murió asesinado en el senado por un grupo de senadores conspirados, liderados por antiguos enemigos e incluso algunos aliados del propio César. Con su muerte, volvió a comenzar la guerra civil, ahora entre los que apoyaban a César y los que apoyaban a los asesinos. Pero finalmente prevalecería el hombre al que César había adoptado en su testamento: Augusto.

Cayo Mecenas: ¿Ministro de Cultura?

Cayo Mecenas, amigo personal y consejero político del que fue primer emperador de Roma, Augusto, es uno de los personajes más interesantes, a la par que importantes, de su época. Su nombre es sinónimo de aquellas personas que financian y/o protegen a artistas y que promueven sus obras, acciones que el Mecenas original llevó a cabo durante los primeros años del reinado de Augusto. En este artículo vamos a tratar brevemente la vida de este personaje, muchas veces oscurecida bajo la sombra de Augusto, Agripa y otros hombres destacados del comienzo del imperio.

Busto de Mecenas en Galway, Irlanda.

Mecenas nació en 70 a.C. en una familia de origen etrusco. Su familia era acomodada, pero no tenía antepasados que hubiesen participado en la política de Roma, por lo que no era parte de la aristocracia senatorial, sino de la clase ecuestre. Se decía descendiente de la gens Cilnia, una familia de la aristocracia etrusca que había disfrutado de una gran importancia (y riqueza) desde hacía siglos. No sabemos mucho de su vida temprana, pero el poeta Propercio parece indicar que Mecenas participó en las campañas tempranas de la guerra civil tras el asesinato de Julio César, acompañando al hijo adoptivo de este último.

Lo que sí sabemos es que, desde un tiempo muy temprano, era amigo de Octaviano, y que fue el encargado de organizar el matrimonio de este con Escribonia en 40 a.C., lo que indica una relación cercana entre ambos hombres. Más tarde, Mecenas actuaría como representante de Octaviano en las negociaciones con Marco Antonio y Lépido en el Tratado de Bríndisi (40 a.C.), en el que se renovó el Triunvirato, y en el que se estableció el matrimonio de Antonio con la hermana de Octaviano. Una vez más, Mecenas se destaca como uno de los confidentes más cercanos del futuro emperador cuando unos años más tarde, en 37 a.C., actuó como su representante en las negociaciones de intercambio de tropas con Marco Antonio y, además, cuando fue enviado a Roma a mantener el orden mientras Octaviano y Agripa acababan con Sexto Pompeyo en Sicilia (36 a.C.).

Alex Wyndham como Cayo Mecenas en «Roma» de HBO.

Está claro que la importancia política de Mecenas, a pesar de que nunca ocupó magistraturas oficiales, era inmensa. Actuaba como representante de Octaviano, y como dirigente de Roma cuando este se ausentaba, lo que le permitía controlar, desde una posición informal (y, por tanto, más libre), a los amigos y enemigos del triunviro en Roma. No obstante, por lo que Mecenas es conocido hoy en día es por la protección y el patrocinio que brindó a los poetas más destacados de la literatura romana. Sabemos que en 38 a.C. conoció a Horacio, al que tomó bajo su protección, en una época en la que ya había comenzado a patrocinar a otros poetas como Virgilio. Esta práctica ha llevado a los historiadores modernos a considerarlo como un cuasi-ministro de cultura de Augusto, aunque esto resulte un anacronismo. El legado que dejaron los poetas, gracias en gran medida a la ayuda prestada por Mecenas, ha supuesto que su nombre se haya convertido en sinónimo de protector de las artes.

«Gaius Maecenas (70 a.C. – 8 a.C.) supports declining fine arts» de Gérard de Lairesse, ca. 1660.

Las grandes obras de Horacio, Virgilio y Propercio, entre otros, pudieron llevarse a cabo gracias a que Mecenas se interesó por su labor poética y les prestó la ayuda monetaria, política y de lo que hiciese falta para que estos pudiesen crear. Estos poetas mostraron su agradecimiento en algunos versos en los que le mencionan a él y su patronazgo. Es más, las “Odas” de Horacio comienzan con una referencia a su protector:

“Mecenas, descendiente de antiguos reyes, refugio y dulce amor mío, hay muchos a quienes regocija levantar nubes de polvo en la olímpica carrera, evitando rozar la meta con las fervientes ruedas, y la palma gloriosa los iguala a los dioses que dominan el orbe.”

Se cuenta también que Virgilio escribió sus “Georgicas” en honor a Mecenas, al que menciona al comienzo del Libro I:

“Qué es lo que hace fértiles las tierras, bajo qué constelación conviene alzar los campos y ayuntar las vides a los olmos cuál es el cuidado de los bueyes, qué diligencia requiere la cría del ganado menor y cuánta experiencia las económicas abejas, desde ahora, oh Mecenas, 5 comenzaré a cantarte.”

Propercio también menciona a Mecenas al comienzo de sus “Elegías”, mostrando su importancia y agradecimiento:

“Pero, si los hados, Mecenas, me hubieran concedido el poder de guiar huestes heroicas a la guerra, no cantaría yo a los Titanes, no al monte Osa colocado sobre el Olimpo, para que el Pelión fuera el camino hacia el cielo, no la antigua Tebas ni a Pérgamo, gloria de Homero, ni los dos mares que fueron unidos por orden de Jerjes , o el reinado primero de Remo o el orgullo de la altiva Cartago, ni las amenazas de los cimbros y las hazañas de Mario: las guerras y hechos de tu querido César celebraría y tú serías mi segundo objetivo después del gran César”

Como podemos ver, la relevancia de Cayo Mecenas en la literatura latina, en especial la del imperio, no puede ser subestimada. Es muy posible que sin él y sin su patrocinio, Virgilio, Horacio o Propercio no hubieran llegado a escribir sus obras, o, al menos, no habrían disfrutado de la visibilidad y reconocimiento que merecían por su talento y habilidad. En este sentido, Mecenas definitivamente merece el legado que su nombre ha llegado a tener.

«Horace, Virgil and Varius at the house of Maecenas» de Charles François Jalabert, 1777.

No obstante, parece ser que hacia el final de su vida, su relación con el emperador Augusto se deterioró. Las fuentes indican que la causa fue la mujer de Mecenas, Terencia. Algunos dicen que Augusto se disgustó con su consejero cuando este reveló a su mujer el descubrimiento de una conspiración en la que el hermano de Terencia era partícipe, mientras que otros señalan a la aventura amorosa que Augusto y la mujer de Mecenas disfrutaron como el origen de los problemas entre los viejos amigos. En cualquier caso, cuando Mecenas falleció en 8 a.C., en su testamento dejó todas sus posesiones al emperador, así que es posible que la relación no hubiese resultado tan dañada como podríamos pensar.

“¡Cuídate de las Idus de marzo!”: el asesinato de Julio César

La noche del 14 de marzo de 44 a.C., el dictador Cayo Julio César cenó con dos de sus más cercanos aliados: Marco Emilio Lépido y Décimo Junio Bruto Albino (no confundir con Marco Junio Bruto, el hijo de Servilia, amante de César). Sin saberlo el dictador, Décimo era parte de una conspiración contra su vida, y planeaba asesinarle al día siguiente. Durante la cena, la conversación llegó a la cuestión de qué tipo de muerte era la mejor y, sin darle muchas vueltas, César propuso que la mejor muerte era la inesperada. Podemos imaginar las gotas de sudor frío rodando por la espalda de Décimo.

La mañana siguiente, César fue despertado por su esposa, Calpurnia, quien había tenido un sueño terrible, en el que sujetaba en sus brazos el cadáver de su esposo. Calpurnia trató de convencer a César de que pospusiese la reunión que había programada para aquel día, y César, viendo el miedo en los ojos de su esposa, decidió mandar a Marco Antonio para que cancelase la reunión de la cámara. No obstante, su querido amigo Décimo pronto se enteró de esta noticia, y se apresuró a la casa del dictador. Cuando se encontró con él, ridiculizó las supuestas visiones de su esposa, animando a César a no hacer caso a una mujer y marchar al senado. Décimo tomó al dictador de la mano, y le condujo fuera de la vivienda.

Calpurnia trata de convencer a César de que no asista al senado

En el camino al senado, César iba rodeado, como de costumbre, de sus aliados y seguidores, cuando se acercó a él el filósofo Artemidoro. Este se había enterado de la conspiración gracias a su buena relación con algunos de los conspiradores, y entregó a César un rollo de papel en el que se detallaba la conspiración contra su vida, con los nombres de aquellos hombres que planeaban atentar contra el dictador, y le urgió a que lo leyese cuanto antes. Pero cuando César se dispuso a hacer eso mismo, fue distraído por la multitud que se congregaba a su alrededor, y entregó el papel a uno de sus secretarios. Ya lo leería después.

Artemidoro trata de avisar a César de la conspiración

La comitiva continuó su camino hacia la cámara, y cuando ya se encontraban cerca de la entrada, César pudo ver en el foro al adivino Espurina, quien unos días antes le había advertido que su vida correría peligro antes de que acabasen las Idus de marzo (15 marzo). César se acercó a este y de forma burlesca le dijo “Las Idus ya han llegado”, a lo que Espurina simplemente contestó “Han llegado, sí, pero no han pasado”. Tras lo cual, el dictador entró en la cámara del senado.

La mano derecha de César era, por aquel entonces, Marco Antonio (sí, el de Cleopatra). Un año antes, Antonio fue tanteado por uno de los conspiradores para ver si deseaba unirse a los tiranicidas pero, ante la negativa de este, la conspiración fue atrasada. No obstante, Marco Antonio, que sepamos, nunca avisó a César de que algunos de sus enemigos e incluso aliados planeaban su muerte, por lo que hay quien sospecha que este podía simpatizar hasta cierto punto con los asesinos. Y el día 15 de marzo, cuando César entró en la cámara, Antonio se quedó fuera, al parecer distraído por uno de los conspiradores, que le pidió hablar con él antes de entrar a la reunión.

Marco Antonio en la sere de HBO «Roma» (James Purefoy)

Finalmente, el dictador se encontraba dentro de la cámara. Cuando se hubo sentado en su silla, los conspiradores se congregaron a su alrededor, y uno de ellos, Lucio Cimbro, se acercó a él con la excusa de pedirle la vuelta de su hermano, que se encontraba en el exilio. César se negó, y Cimbro respondió agarrándole de los hombros y tirando de su toga. César se revolvió y gritó “¡Esto es violencia!” (Ista quidem vis est). César contaba con sacrosantidad por su tribunicia potestas, y eso significaba que era intocable.

Otro de los conspiradores, Casca, sacó una daga que llevaba escondida bajo la toga, e hirió a César cerca de la garganta, pero el militar en César logró agarrar a su atacante y le clavó su stylus (bolígrafo romano) en el brazo, a la vez que exclamó “¿Qué haces, Casca, villano?” (en griego: μιαρώτατε Κάσκα, τί ποιεῖς;). Este se dirigió a sus co-conspiradores y les dijo en griego “¡Ayuda, hermanos!” (en griego: ἀδελφέ, βοήθει), momento en el que el resto de los conjurados se arrojaron sobre César, hiriéndole 23 veces.

César es asesinado por los conspiradores

Viéndose rodeado, César se cubrió la cabeza y la entrepierna con la toga, cuidando su dignidad ante la muerte y, finalmente, cayó al suelo abatido. Es probable que no fuese capaz de decir palabra mientras era apuñalado, pero hay quien dice que formuló aquella frase, más tarde dramatizada e inmortalizada por Shakespeare, (o alguna variación de esta) al ver a Marco Bruto entre sus asesinos: “¿Tú también, hijo?” (en griego: καὶ σύ, τέκνον). Aunque este apelativo sería algo más cariñoso que una reclamación de paternidad, si es que César pronunció estas palabras.

César yace muerto. De la serie de HBO «Roma» (Ciarán Hinds)

El dictador había muerto, y su cuerpo yacía a la sombra de la estatua del que había sido, primero su amigo y aliado, y luego su encarnizado enemigo: Pompeyo. Los conspiradores, tras el shock por lo que habían hecho, salieron de la cámara del senado, que había quedado completamente vacía al empezar el ataque, y recorrieron las calles de Roma clamando que habían liberado al pueblo de su tirano. No obstante, fueron recibidos con silencio.

El cuerpo de César permaneció donde había caído durante unas horas, hasta que tres esclavos lo recogieron, cubriéndolo con una manta y colocándolo en una litera. Y, mientras su brazo ensangrentado colgaba por un lado de la litera, el que una vez había sido amo y señor de Roma fue llevado de vuelta a su casa. Tan solo dos años después, todos los conspiradores habrían muerto en la guerra civil que los enfrentó a los sucesores de César. Y, apenas 15 años después del asesinato del dictador, el hijo adoptivo de César, Augusto, se convertía en el primer emperador de Roma, la república había caído.

Estatua Augusto de Prima Porta

La Batalla de Alesia: César vs Vercingétorix

Cayo Julio César, tras su consulado en 59 a.C., había sido enviado a las provincias galas de la república romana como procónsul (gobernador), donde llevaría a cabo una de las campañas más famosas de la historia que fue relatada por él mismo: la Guerra de las Galias (58 a.C. – 50 a.C.). Durante este período, César conquistó la actual Francia, y fue el primer general romano en cruzar el Canal de la Mancha y el río Rin al frente de un ejército. Las campañas de la Galia se caracterizaron por las luchas entre Roma y las distintas tribus galas que, divididas, no presentaban un rival suficiente como para expulsar al invasor romano. Esto es hasta el 52 a.C. con la revolución de Vercingétorix, que fue el último gran intento por parte de los galos de expulsar a los romanos antes de la anexión del territorio.

Introducción a La Guerra de las Galias de Julio César
Mapa de las campañas de César. En morado las conquistas en la Galia.

Para el año 53 a.C., César había establecido su control sobre gran parte de la Galia y, tras sofocar una revuelta liderada por el líder de los eburones (tribu del norte de la Galia), Ambiórix, esta había sido reducida a un estado de tranquilidad, en palabras del propio César. No obstante, al comenzar el año 52 a.C., los galos comenzaron a preparar una nueva guerra con la que intentar zafarse del control romano. César se encontraba ocupado en sus provincias al norte de Italia, encargándose de sus deberes administrativos, lo cual alentó a los galos a actuar con mayor atrevimiento.

La rebelión comenzó con el asesinato masivo de ciudadanos romanos en las ciudades galas. Las noticias de esta rebelión se expandieron por toda la Galia a una velocidad vertiginosa y pronto un jefe galo logró organizar bajo su autoridad a las tribus anti-romanas. Su nombre era Vercingétorix y, según César, este se convirtió por decisión unánime en el comandante supremo de las fuerzas rebeldes. Vercingétorix logró unificar a un gran número de tribus (y soldados) bajo sus órdenes, una amenaza más que real para la conquista de César. En cuanto este se enteró de lo que sucedía, volvió junto a sus legiones lo antes que pudo para hacer frente a los galos unificados y tratar de evitar que la rebelión se extendiese por toda la Galia.

Vercingétorix - Enciclopedia de la Historia del Mundo
Estatua de Vercingétorix (siglo XIX).

Tras una serie de enfrentamientos entre galos y romanos, Vercingétorix tuvo que retirarse a la ciudad fortificada de Alesia. Allí, César vio la imposibilidad de tomarla al asalto, por lo que decidió tratar de obligar a los galos a rendirse. La ciudad, no obstante, era imponente, y sitiarla de forma efectiva iba a ser un trabajo complicado. César sabía que no tenía suficientes soldados para rodear la ciudad de forma uniforme, por lo que decidió construir una muralla defensiva alrededor de Alesia, una obra de magnitudes colosales. Una circunvalación de 15 kilómetros con reductos fortificados en el perímetro rodeó la ciudad, y los galos de Alesia quedaron atrapados.

Vercingétorix se dio cuenta de que no podría romper las fortificaciones solo, así que aprovechó un punto débil en las murallas de César y logró mandar mensajes al resto de la Galia pidiendo refuerzos. Ante la posible amenaza de sufrir un ataque por la espalda, César decidió construir una circunvalación de 20 kilómetros, con trincheras, fosas y demás fortificaciones en su retaguardia. Colocó su ejército entre ambas, en una especie de sándwich romano, para frenar a los galos de refuerzo. Cuando estos llegaron, les fue casi imposible coordinarse con Vercingétorix dentro de Alesia de forma efectiva, por lo que César logró mantener su posición, y el sitio continuó.

La batalla de Alesia y el futuro de Roma – Descubrir la Historia
Esquema del asedio de Alesia (52 a.C.)

Uno de los episodios más famosos de este asedio sucedió unas 6 semanas desde su comienzo. Los galos se estaban quedando sin comida, y para evitar acabar comiéndose a los civiles (que fue propuesto por uno de los jefes) decidieron expulsarles de la ciudad, con la esperanza de que César los tomase como esclavos y alimentase. César, no obstante, se negó, pues tampoco tenía comida suficiente, y mandó a los civiles de vuelta a la ciudad, cuyas puertas Vercingétorix se negó a abrir. Aproximadamente 5000-10000 civiles murieron de hambre entre las murallas de Alesia y las fortificaciones romanas.

HISTORIA CLASICA: La batalla de Alesia: El asedio
Dibujo de las fortificaciones romanas alrededor de Alesia.

El asedio continuó durante un tiempo, y los galos de un lado y otro de los romanos seguían intentando romper el sitio de César, sin éxito. Finalmente, el ejército de refuerzo galo decidió atacar una de las posiciones más débiles de las murallas romanas con la mayoría de sus hombres. El estruendo de la batalla alertó a Vercingétorix, que salió de Alesia para intentar arrollar las defensas romanas. César mandó todos los efectivos de reserva que tenía a esta zona, e incluso marchó él mismo a la batalla, con el objetivo de alentar a sus hombres. Finalmente, cuando la batalla estaba en su momento decisivo, la caballería germana de César logró salir y rodear al enemigo Galo, que fue atacado por la retaguardia y perdió su empuje, dando la victoria a los romanos.

Al día siguiente, los galos de Alesia se reunieron en un consejo de guerra, donde se decidió entablar conversaciones de paz con César. Este exigió una rendición total de los soldados y jefes galos, que abandonaron Alesia y marcharon al campamento de César, donde fueron tomados como prisioneros. Cuentan las fuentes que Vercingetórix montó su caballo más imponente y se puso la armadura más bella que poseía, rodeó el campamento de César galopando hasta colocarse frente al procónsul. Desmontó, se desvistió y se arrodilló ante su vencedor sin decir palabra alguna, tras lo cual fue tomado cautivo por los romanos, y la Galia había sido pacificada casi al completo.

La batalla de Alesia | Historia Universal
Vercongétorix se rinde ante César.

Lecturas recomendadas:

  • Julio César. La Guerra de las Galias.
  • Freeman, P. (2009). Julio César. Planeta.
  • Goldsworthy, A. (2007). César: la biografía definitiva. La Esfera de los Libros.

Tácito, el más grande de los historiadores romanos

Publio Cornelio Tácito (ca. 55-120) fue un historiador y político romano de finales de siglo I y principios del II d.C., cuyas obras sobre los primeros emperadores han moldeado nuestra percepción actual del Imperio y la familia imperial. Nació en el seno de una familia acaudalada, aunque no noble. Su padre le envió de joven a estudiar a Roma, donde se educó en el arte de la retórica. Durante su juventud, Tácito presenció los últimos años del reinado de Nerón, su caída y la guerra civil que le sucedió, hechos que le marcaron profundamente.

Año de los cuatro emperadores - Wikipedia, la enciclopedia libre
Mapa del Imperio Romano en el Año de los 4 Emperadores (69 d.C.) tras la muerte de Nerón.

Con la llegada de la nueva dinastía Flavia (Vespasiano, Tito y Domiciano), la carrera política de Tácito despegó y se benefició enormemente de su apoyo. Tanto es así, que incluso lo menciona en una de sus obras: “no negaré que mi privilegiada situación comenzó con Vespasiano, la aumentó Tito y llegó al máximo con Domiciano”. Pasó por todas las magistraturas romanas hasta finalmente llegar al consulado en 97, y fue por aquel entonces cuando comenzó su esfuerzo literario.

Debido a que Tácito había sido un gran beneficiado de la dinastía Flavia, cuando esta cayó y llegaron los Antoninos (Nerva y Trajano especialmente), la carrera política de Tácito se vio perjudicada. Con el objetivo de congraciarse con el nuevo régimen, Tácito comenzó a escribir obras que criticaban veladamente la tiranía de Domiciano, el último de los Flavios. Su primera obra era una biografía de su suegro, Agrícola, quien tras disfrutar de una carrera militar exitosa fue apartado de la política por Domiciano. En esta primera obra Tácito comenzaba sus críticas hacia la tiranía de los emperadores.

Las dinastías de emperadores romanos, del Principado al Dominato
Dinastía Antonina. Tácito murió en el 4º año del reinado de Adriano (120).

Su siguiente obra fue Germania, en la que Tácito estudiaba las costumbres de los germanos, un pueblo que provocaba gran interés entre los romanos. Esta obra, no obstante, no es un simple ejercicio etnológico, sino que es también y sobre todo una crítica a Domiciano, puesto que el emperador había afirmado que su campaña contra los germanos los había subyugado, y Tácito argumenta que estos seguían siendo libres.

A pesar de sus esfuerzos, la carrera política de Tácito siguió estancada unos años más, que aprovechó para escribir su segunda obra más importante: las Historiae. Esta obra trata los hechos que sucedieron tras la muerte de Nerón en 68, la guerra civil de 69 en la que 4 emperadores fueron coronados, y la victoria final de Vespasiano (69-79). En ella, Tácito muestra la actitud pesimista y crítica que tenía hacia el sistema imperial, en el que lo normal era el vicio y donde destaca la dificultad de actuar noblemente en un sistema tiránico. Los personajes suelen ser débiles, avaros y cobardes; pocos son descritos como ejemplos de virtud.

Finalmente, Tácito logró congraciarse con Trajano y en 113 fue nombrado gobernador de la provincia de Asia (actual Turquía). Tras su regreso, escribió su magnum opus, los Annales. Esta obra se centra en la dinastía Julio-Claudia desde la muerte de Augusto en 14, pasando por los reinados de Tiberio (14-37), Calígula (37-41, cuyos libros se han perdido), Claudio (41-54) y finalmente Nerón (54-68).

Las dinastías de emperadores romanos, del Principado al Dominato
Dinastía Julio-Claudia.

Los Annales destacan por su crítica hacia la decadencia de la élite senatorial y a las pasiones y vicios de la familia imperial. Aunque Tácito deja claro que el nuevo sistema despótico es necesario para mantener la paz, critica vehementemente a los emperadores débiles o moralmente corruptos como Tiberio o Nerón. De esta obra también surgen las historias más conocidas de la familia imperial, como es la descripción de Livia como una mujer malvada y maquinadora, que está dispuesta a cualquier cosa para lograr que su hijo reine el imperio tras Augusto. Aunque Tácito nunca acusa directamente a Livia, deja entrever que existen rumores de que la malvada «madrastra» fue la responsable de las muertes sospechosas de algunos herederos de Augusto.

I, Livia – Contacting the Classics
Siân Phillips como Livia en la serie «Yo, Claudio» de 1976.

Otra historia que debemos en gran medida a Tácito es la de la mujer del emperador Claudio, Mesalina. Tácito describe a Claudio como un emperador débil y estúpido, que no se entera de lo que sucede en su propio palacio. Mientras tanto, Mesalina es una mujer voraz, que engaña a su esposo con multitud de hombres, llegando incluso a apostar con la prostituta más famosa de Roma y venciéndola en un concurso sexual.

Como podemos ver, el juicio hacia las mujeres en Tácito es algo común. Pero no debemos simplemente asumir que Tácito era un misógino (que algo tendría), sino que con su crítica hacia la mujer imperial lo que está haciendo es censurar a su marido o a su hijo, que son indirectamente descritos como débiles y cobardes, o simplemente estúpidos. Así, la crítica hacia Livia realmente lo es hacia Tiberio, Mesalina es un síntoma de la debilidad de Claudio, y Agripina la Menor de la de Nerón.

I, Claudius, I Love Your Bitchiness –
Mesalina (Sheila White) y Claudio (Derek Jacobi) en la serie «Yo Claudio» de 1976.

En conclusión, Tácito es el gran responsable de la visión moderna que tenemos del régimen imperial: podrido de decadencia moral, en el que los emperadores y sus mujeres están más preocupados por los placeres carnales y el lujo desenfrenado que por el buen gobierno de Roma. No obstante, no existía alternativa, pues solo el Imperio era capaz de mantener Roma en paz, y eso generó un gran pesimismo en Tácito, que es claramente visible en su obra. A su muerte, Tácito se había convertido en uno de los grandes historiadores romanos del imperio, y la historiografía moderna no ha hecho más que confirmarlo.