Paris y Helena: todo vale en el amor y la guerra

Un poeta ciego del siglo VIII a.C. narró un episodio, trágico y apasionante, ocurrido durante la Época Oscura de Grecia, la Guerra de Troya. Un conflicto en el que hasta los mismísimos dioses intervinieron. Un conflicto que acabó con la destrucción total de una ciudad. Un conflicto producido por la imprudencia de un joven príncipe troyano y una reina espartana, la más bella mujer del mundo antiguo.

Dicha mujer nació de Leda y fue hija adoptiva del Rey de Esparta, Tindáreo. Todos los príncipes de Grecia la pretendieron, pero solo Menelao tuvo la suerte de casarse con ella. Así era como Helena de Esparta convertía a Menelao a heredero del trono de Esparta, al que accedió a la muerte de Tindáreo. Sin embargo, la suerte con la que fue agraciado Menelao tenia un final con nombre propio, Paris, hijo del Rey de Troya.

Paris, que nació como príncipe heredero de los reyes de Troya, Príamo y Hécuba, fue mandado sacrificar tras su alumbramiento, pues los adivinos vaticinaron que su nacimiento supondría la destrucción de la ciudad. No obstante, el hombre al que le encargaron la tarea, Agelao, jefe de los pastores, fue incapaz de concluir la tarea y lo acogió como hijo adoptivo. Paris pronto destacó por su belleza, fuerza e inteligencia, y creció totalmente ajeno a cuanto el futuro y los dioses le deparaban.

Paris y Hermes – Aníbal Caracci (Museo del Louvre)

Todos los dioses olímpicos, que tanto gustaban de fiestas, fueron por aquel entonces invitados a la boda de Peleo y la ninfa Tetis (los padres de Aquiles). Todos excepto una diosa, Éride, la diosa de la discordia. Semejante ninguneo provocó la cólera más terrible de la diosa, que trazó un plan para arruinar el evento. 

Fue a la boda y arrojó una manzana de oro en la que ponía “para la más bella”, y tanto Hera, como Atenea y Afrodita, se dieron por aludidas. Zeus, que prefirió no intervenir en tan peligrosa disputa, delegó como tantas otras veces el problema en el siempre diligente Hermes. El mensajero de los dioses llevó a las diosas al Monte Ida y escogió como desafortunado árbitro a Paris.

Cada diosa prometió a Paris una cosa en caso de que fuese la elegida. Hera le prometió hacerle Señor de toda Asia y el hombre más rico del mundo, y Atenea le prometió ser el hombre más bello y sabio del mundo, vencedor en todas las batallas. Tentadoras promesas, pero que sin embargo, nada tenían que hacer contra la de Afrodita. La diosa de la belleza le ofreció aquello que todos los hombres de la tierra ansiaban, el amor de la mujer más hermosa del mundo. Incapaz de rechazar el ofrecimiento, Paris nombró a Afrodita como merecedora de la dorada manzana, ante la ira de Hera y Atenea.

El Juicio de Paris – Pedro Pablo Rubens (Museo del Prado)

Paris, todavía con el resonar del juramento divino de Afrodita, decidió acudir a los juegos fúnebres que Príamo organizaba todos los años en honor de su hijo, a quien creía muerto. Lejos de estarlo, el joven venció en todas las disciplinas, para humillación pública de los que eran sus hermanos, que decidieron asesinarlo. 

Antes de que cumpliesen su cometido, Agelao confesó la identidad de Paris, para sorpresa de la ciudad de Troya. Fue llevado al palacio y recibido con todos los honores que un príncipe troyano merecía, ante el horror de los sacerdotes de Apolo, conscientes del destino que se cernía sobre ellos.

El rapto de Helena – Tintoretto (Museo del Prado)

Tiempo después, Paris fue enviado a la Esparta gobernada por Menelao. Fue en esta desdichada visita a Lacedemonia cuando conoció a Helena, de la que se enamoró irremediablemente. Hay fuentes que optan por un amor correspondido por parte de la reina de Esparta, a la que la diosa Afrodita abrió el corazón para amar a Paris; otras por que fue llevada a la fuerza; sea como fuere el hecho es que se fue con Paris a Troya y se casó con él.

El ultraje a Menelao era absoluto. Suponía una violación gravísima a la “xenia”, la hospitalidad ofrecida a los extranjeros, cuyos lazos duraban eternamente e incluso entre enemigos. El Rey de Esparta, que era hermano del Rey de Micenas, Agamenón, logró el apoyo de los gobernantes griegos. Los aqueos reunieron una inmensa armada que se hizo a la mar y alcanzó las costas de Troya.

Fue así como una boda, un juicio y una misión diplomática produjeron el estallido de la guerra antigua más conocida de la Historia, y que Homero relató con maestría.

Heraldos de la victoria

Distinguido como el mensajero de los dioses, Hermes fue asimilado en el mundo griego como el protector de los heraldos, quienes portaban insignias atribuidas a la divinidad olímpica.

Los mensajeros eran representados portando una vara o kerykeion, realizada en bronce y adornada con dos serpientes entrelazadas, a la que actualmente conocemos por su nombre latino caduceo. Un sencillo sombrero de fieltro, típico entre los viajeros, cubría la cabeza de los heraldos. Bajo estos símbolos se buscaba invocar la protección de Hermes, a quien también se encomendaban debido a sus habilidades de elocuencia, ingenio y traducción, aptitudes inestimables en las misiones que debían ejecutar los mensajeros.

Embajada de Aquileo – Hierón (obsérvese al heraldo representado en la parte derecha)

La trascendencia de su cargo se mostraría a raíz de la Primera Guerra Médica, acaecida a comienzos del siglo V a.C. Tras haber aplacado una revuelta entre las ciudades jonias de Asia Menor (499-494 a.C.), el rey persa Darío I ideó una campaña de represalia a las polis de la Hélade que habían apoyado a los insurrectos. Rey de reyes y dominador de un imperio que se extendía desde el moderno Afganistán al este hasta Turquía al oeste, el rey envió a sus heraldos a las ciudades-estado griegas con el mensaje de exigir que se le entregara “tierra y agua”. Su aceptación simbolizaba asumir una condición de sometimiento, renunciando al suelo y a los frutos que en él crecen. No fueron pocas las polis que sucumbieron ante el ultimátum, si bien Atenas y Esparta se mantuvieron inflexibles.

Mapa histórico del imperio aqueménida – William Robert Shepherd

En Atenas se arrojó a los mensajeros a un abismo en el que se ejecutaba a los criminales, siendo la elección de Esparta lanzarlos a un profundo pozo. Haciendo honor a su ingenio lacónico, los espartanos les tiraron para que “recogieran el agua y la tierra” por sí mismos. La respuesta dada por atenienses y lacedemonios resultará familiar para quienes hayan visto la película 300, pese a que esta asume la licencia creativa de situar el suceso del pozo diez años más tarde en el tiempo, protagonizado por el rey Leónidas y como detonante de la guerra librada con el sucesor de Darío en el trono, su hijo Jerjes. Pero dejemos este malentendido histórico a un lado, que no será el último que veamos, y regresemos a nuestro relato.

Escena de la película 300 – Legendary Pictures

El desafío opuesto por estas polis llevaría a Darío a conformar en 490 a. C. una flota de 600 naves con la que tomar Atenas y Eretria, aliadas de los jonios en su insurrección contra el dominio persa, y aprovechar su ubicación como bases de avanzada de una invasión mayor que doblegaría al conjunto de la Hélade. Tras haber sometido en su avance por el mar Egeo a las poblaciones de las islas Cícladas y Eretria, Atenas era el siguiente destino de la flota persa. La suerte que habían corrido los eretrieos no resultaba alentadora: su población había sido esclavizada y sus templos quemados.

A ello se sumaba que como consejero de la fuerza enemiga se encontraba Hipias, antiguo tirano de Atenas que había sido desterrado veinte años atrás, permitiendo que se introdujeran reformas que convirtieron a la ciudad en una democracia. Refugiado en la corte del soberano persa, Hipias ambicionaba recuperar su poder, lo que supondría convertir a la polis en un Estado títere de los intereses de Darío.

El desembarco de la flota invasora se produciría en la llanura de Maratón, situada al noreste de Atenas. Al enterarse de la noticia, los atenienses enviaron a un correo llamado Filípides para entregar a Esparta una petición de ayuda. Separadas ambas ciudades por 240 kilómetros, según Herodoto el joven llegaría a Esparta menos de dos días después de haber partido. Los magistrados lacedemonios alegaron que se encontraban inmersos en la celebración de las Carneas, una festividad durante la cual no podían marchar a combatir, comprometiéndose a enviar una pequeña fuerza cuando estas hubieran concluido.

De regreso en Atenas para comunicar la negativa espartana, probablemente debido al agotamiento y considerando que debía encubrir su fracaso, el heraldo comunicó a sus conciudadanos que el dios Pan se le había aparecido en el camino, animando a los atenienses al combate. Acordado por los mandos militares salir al avance de los persas, las milicias de la ciudad se dirigieron a Maratón.

Filípides ante los éforos de Esparta – Richard Hook

Alcanzada la llanura, los hoplitas cargaron y derrotaron al ejército invasor, el cual se retiró hacia sus embarcaciones. A pesar del triunfo, la flota enemiga todavía representaba una grave amenaza, en cuanto todo el ejército de Atenas se encontraba en Maratón, dejando a la ciudad indefensa ante un ataque naval.

Mientras regresaban a marchas forzadas para impedir el desembarco persa, un correo fue enviado para anunciar la victoria. Los autores clásicos discrepan sobre la identidad del mensajero. Luciano apunta que fue Filípides, el responsable de pedir socorro a Esparta, quien llevó a cabo la hazaña. Este es el relato tradicional que todos hemos oído, conocedores de que una vez hubo alcanzado exhausto la ciudad, el corredor murió después de transmitir la noticia de la victoria. No obstante, autores como Plutarco indican que el mensajero fue un hombre llamado Eucles ¿Resulta lógico pensar que fuera Eucles el verdadero heraldo?

Recordemos que Filípides había recorrido más de 450 kilómetros en un espacio muy corto de tiempo, regresando a Atenas para el momento en que el ejército se disponía a marchar al encuentro del enemigo, lo que podría haber supuesto que permaneciera recuperándose en la ciudad. No obstante, consideremos que acompañara a sus hermanos de armas en tan crucial batalla.

Tras varias horas de intenso combate, debería cubrir bajo unas condiciones sofocantes los 40 kilómetros que separaban Maratón de Atenas, una proeza que parece estar solo al alcance de los dioses. De una divinidad como Hermes. Ciertamente, los hoplitas tuvieron que hacer tal camino de regreso, fatigados tras la batalla y cargados con su equipamiento, pero sin arrastrar en sus piernas el esfuerzo hercúleo realizado por Filípides apenas unos días atrás. Anunciada la victoria, y también la aproximación de la flota persa, las fuerzas atenienses pudieron llegar a tiempo de abortar el ataque enemigo.

El soldado de Maratón – Luc-Olivier Merson (colección privada)

La hazaña de cubrir la distancia que separaba la llanura de Maratón de la ciudad de Atenas fue rescatada como modalidad de atletismo en los primeros Juegos Olímpicos modernos, celebrados en Atenas en 1896, que tuvieron como propósito establecer una prueba que recordara la gloriosa historia de la Grecia clásica. Sorpresivamente, fue en la maratón donde ocurrió el único triunfo heleno en la categoría de atletismo.

Sin embargo, si la distancia cubierta por el mensajero de la batalla fue de 40 kilómetros, ¿a qué se debe que actualmente la modalidad sea de 42,195? Durante los Juegos Olímpicos de Londres, celebrados en 1908, se modificó la distancia a cubrir con el propósito de que la carrera se iniciara en el palacio real de Windsor, siendo establecida como definitiva y oficial en 1921.