Los oráculos griegos: Delfos

“¡Matarás a tu padre y te casarás con tu madre!”; probablemente una de las profecías míticas más conocidas del Oráculo de Delfos, que queda claro que no se andaba con tonterías. Esta profecía que recibió Edipo es tan solo una de las muchas que se escucharon de la Pitia en Delfos, el lugar sagrado más importante del mundo heleno.

La adivinación era el canal de comunicación entre hombres y dioses, que permitía indagar en lo desconocido o negociar con el dios un destino mejor. El primer testimonio oracular conocido se remonta al siglo XV a.C., cuando Hatshepsut consultó al dios egipcio Amón acerca de sus derechos al trono egipcio. En la vida religiosa de los antiguos gran parte de los rituales estaban dirigidos a recabar información sobre el porvenir, considerándose las consultas desde una vertiente pública -consultas oficiales de la ciudad- o privadas -en la intimidad del creyente-.

Situado al pie del Monte Parnaso, centro del universo griego, el Santuario de Delfos perteneció al culto cretense de la Madre Tierra, hasta que alrededor del siglo VIII a.C. se estableció el culto del dios Apolo. Según el mito, Apolo viajó por el mundo griego en un carro tirado por cisnes y fue fundando oráculos. En Delfos se enfrentó y mató a una enorme serpiente adivinadora, Pitón. En su honor instauró unos juegos fúnebres, los Juegos Píticos, y denominó a la sacerdotisa del templo Pitia.

Apolo y la serpiente Pitón – Cornelis de Vos (Museo del Prado)

La adivinación de la sacerdotisa de Apolo, que se ubicaba dentro del Gran Templo de Apolo, consistía en una posesión divina del dios en el interior de la mortal (enthousiasmós). Según cuentan Diodoro y Plutarco, la inspiración de la pitia provenía de una grieta en el suelo bajo el trípode, de la que manaba un vapor conocido como pneuma -que causaba en la mujer las alucinaciones que propiciaban sus vaticinios-.

A pesar de jugar un papel fundamental dentro del entramado religioso helénico, el Oráculo de Delfos iba mucho más allá de su función religiosa. Delfos era un enclave de información política y un órgano de coordinación de las alianzas y consideraciones de los distintos pueblos griegos. En época arcaica y clásica, la política y sociedad griega se vieron fuertemente influenciadas por los decretos de los grandes oráculos, siendo el délfico la más alta autoridad de todos ellos.

Gran Templo de Apolo – Delfos

El reconocimiento del poder era, por tanto, una función primaria de los oráculos. En ciertas materias la consulta a la Pitia era obligada, concerniendo tanto a legisladores como gobernantes. Incluso el Derecho penal quedaba en manos de Delfos, como era el caso de los arbitrajes oraculares en casos de homicidio. Desde época arcaica en todas las poleis (plural de polis, ciudad-estado griega) se tenía muy presente la consulta previa a una guerra, ya fuese como preámbulo a su declaración o para averiguar su curso o su final. 

Uno de los más notables ejemplos de consulta bélica se enmarca en el transcurso de la Segunda Guerra Médica entre griegos y persas. Atenas envió a su embajada sagrada (theoríai) a preguntar al Oráculo cómo podría la ciudad hacer frente al ejército persa de Jerjes, a lo que este contestó: “Zeus dará a la Tritogenia (epíteto de Atenea) un muro de madera”. Tras una extensa polémica acerca de cómo interpretar el oráculo, se optó por emplear un verdadero muro de madera, la flota ateniense, que venció en la batalla naval de Salamina y detuvo el avance aqueménida.

Sacerdotisa de Delfos – John Cllier (Art Gallery of South Australia)

La inviolabilidad del Santuario hacía que las poleis enviasen allí sus tesoros, además de diversas ofrendas en agradecimiento al dios tanto dinerarias como en especies. Al entrar al Oráculo, el consultante debía satisfacer una ofrenda obligada al altar exterior del templo de Apolo, además de un sacrificio de un animal costeado por el consultante.. Convertido en uno de los lugares más ricos de Grecia, fue uno de los centros de comercio panhelénico a distintas escalas. 

Delfos se consagró como vínculo identitario panhelénico, celebrándose en otoño cada cuatro años los Juegos Píticos, que reunían durante tres meses a los mejores poetas, músicos y deportistas del mundo helénico (a diferencia de los Olímpicos, donde no había competiciones artísticas). Los oráculos supusieron un elemento de cohesión y utilidad para la creación de una caracterización helénica.

Llegando a la cúspide de su poder y fama en los siglos VI y V, el Santuario fue perdiendo autonomía en favor de ciudades como Atenas o Esparta, hasta que Roma se hizo con el santuario en el 191 a.C. Tras su clausura definitiva en tiempos de Teodosio el lugar fue abandonado, y fue redescubierto en el siglo XVII por George Wheeler y Jacques Spon. En 1860 comenzaron las excavaciones modernas del Santuario.

Hoy día el Santuario de Delfos es un lugar privilegiado dentro de Grecia, una suerte de emplazamiento en la región de Fócida que merece la pena visitar, pues la totalidad de las palabras que pueda escribir este modesto escritor no harán jamás justicia al lugar mágico donde viven las Musas, el lugar mágico que es Delfos.

Paris y Helena: todo vale en el amor y la guerra

Un poeta ciego del siglo VIII a.C. narró un episodio, trágico y apasionante, ocurrido durante la Época Oscura de Grecia, la Guerra de Troya. Un conflicto en el que hasta los mismísimos dioses intervinieron. Un conflicto que acabó con la destrucción total de una ciudad. Un conflicto producido por la imprudencia de un joven príncipe troyano y una reina espartana, la más bella mujer del mundo antiguo.

Dicha mujer nació de Leda y fue hija adoptiva del Rey de Esparta, Tindáreo. Todos los príncipes de Grecia la pretendieron, pero solo Menelao tuvo la suerte de casarse con ella. Así era como Helena de Esparta convertía a Menelao a heredero del trono de Esparta, al que accedió a la muerte de Tindáreo. Sin embargo, la suerte con la que fue agraciado Menelao tenia un final con nombre propio, Paris, hijo del Rey de Troya.

Paris, que nació como príncipe heredero de los reyes de Troya, Príamo y Hécuba, fue mandado sacrificar tras su alumbramiento, pues los adivinos vaticinaron que su nacimiento supondría la destrucción de la ciudad. No obstante, el hombre al que le encargaron la tarea, Agelao, jefe de los pastores, fue incapaz de concluir la tarea y lo acogió como hijo adoptivo. Paris pronto destacó por su belleza, fuerza e inteligencia, y creció totalmente ajeno a cuanto el futuro y los dioses le deparaban.

Paris y Hermes – Aníbal Caracci (Museo del Louvre)

Todos los dioses olímpicos, que tanto gustaban de fiestas, fueron por aquel entonces invitados a la boda de Peleo y la ninfa Tetis (los padres de Aquiles). Todos excepto una diosa, Éride, la diosa de la discordia. Semejante ninguneo provocó la cólera más terrible de la diosa, que trazó un plan para arruinar el evento. 

Fue a la boda y arrojó una manzana de oro en la que ponía “para la más bella”, y tanto Hera, como Atenea y Afrodita, se dieron por aludidas. Zeus, que prefirió no intervenir en tan peligrosa disputa, delegó como tantas otras veces el problema en el siempre diligente Hermes. El mensajero de los dioses llevó a las diosas al Monte Ida y escogió como desafortunado árbitro a Paris.

Cada diosa prometió a Paris una cosa en caso de que fuese la elegida. Hera le prometió hacerle Señor de toda Asia y el hombre más rico del mundo, y Atenea le prometió ser el hombre más bello y sabio del mundo, vencedor en todas las batallas. Tentadoras promesas, pero que sin embargo, nada tenían que hacer contra la de Afrodita. La diosa de la belleza le ofreció aquello que todos los hombres de la tierra ansiaban, el amor de la mujer más hermosa del mundo. Incapaz de rechazar el ofrecimiento, Paris nombró a Afrodita como merecedora de la dorada manzana, ante la ira de Hera y Atenea.

El Juicio de Paris – Pedro Pablo Rubens (Museo del Prado)

Paris, todavía con el resonar del juramento divino de Afrodita, decidió acudir a los juegos fúnebres que Príamo organizaba todos los años en honor de su hijo, a quien creía muerto. Lejos de estarlo, el joven venció en todas las disciplinas, para humillación pública de los que eran sus hermanos, que decidieron asesinarlo. 

Antes de que cumpliesen su cometido, Agelao confesó la identidad de Paris, para sorpresa de la ciudad de Troya. Fue llevado al palacio y recibido con todos los honores que un príncipe troyano merecía, ante el horror de los sacerdotes de Apolo, conscientes del destino que se cernía sobre ellos.

El rapto de Helena – Tintoretto (Museo del Prado)

Tiempo después, Paris fue enviado a la Esparta gobernada por Menelao. Fue en esta desdichada visita a Lacedemonia cuando conoció a Helena, de la que se enamoró irremediablemente. Hay fuentes que optan por un amor correspondido por parte de la reina de Esparta, a la que la diosa Afrodita abrió el corazón para amar a Paris; otras por que fue llevada a la fuerza; sea como fuere el hecho es que se fue con Paris a Troya y se casó con él.

El ultraje a Menelao era absoluto. Suponía una violación gravísima a la “xenia”, la hospitalidad ofrecida a los extranjeros, cuyos lazos duraban eternamente e incluso entre enemigos. El Rey de Esparta, que era hermano del Rey de Micenas, Agamenón, logró el apoyo de los gobernantes griegos. Los aqueos reunieron una inmensa armada que se hizo a la mar y alcanzó las costas de Troya.

Fue así como una boda, un juicio y una misión diplomática produjeron el estallido de la guerra antigua más conocida de la Historia, y que Homero relató con maestría.

Schliemann: un pasado por (re)descubrir

Nuebukow hoy es un municipio en el norte de Alemania que cuenta con apenas cuatro mil habitantes. Este pequeño, casi insignificante, pueblecito vio nacer el 6 de enero de 1822 a todo un gigante de la Historia, Heinrich Schliemann, descubridor de Troya (o Ilión), Micenas y Tirinto, y padre de la arqueología moderna. 

Hijo de una humilde familia prusiana comenzó su andadura trabajando en un almacén de Fürstenberg, donde la fortuna quiso que se le cruzase un molinero ebrio -tal como cuenta en su autobiografía- que accedió a recitarle a Homero en griego a cambio de tres vasos de aguardiente. Este hecho prendió la mecha de la bomba Schliemann, que cambiaría la historia del mundo.

Retrato de Heinrich Schliemann – Escuela alemana

Para la inmensa mayoría en el siglo XIX, Ilión no era más que una leyenda inventada por Homero, tan irreal como los cíclopes, Circe o las sirenas. Tras mucho pensarlo, el joven Heinrich tomó una decisión, demostrar al mundo que se equivocaba y que Troya no era una invención mítica, sino una ciudad que existió realmente. Esta empresa requería algo de lo que el joven carecía: dinero.

Después de varias peripecias, entre ellas una lesión en los pulmones y un naufragio de un barco destino a Venezuela, quiso la vida llevarlo a Ámsterdam. Allí comenzó a aprender idiomas gracias a un método autodidacta -llegó a dominar alrededor de veinte lenguas-, lo que le abrió las puertas de San Petersburgo, donde lo envió su empresa gracias a los conocimientos que tenía de ruso. En 1852, un año antes de la Guerra de Crimea, estableció una filial en Moscú de venta de índigo, cuya producción continental se guardaba en Memel. Esta ciudad fue arrasada y reducida a cenizas durante el conflicto, y toda la producción quedó destruida. Toda menos la de una persona, Schliemann. 

Según cuenta C. W. Ceram en «Dioses, tumbas y sabios», Schliemann no dudó en afirmar que “el cielo había bendecido de modo milagroso mis empresas, de modo que a finales de 1863 poseía una fortuna que ni mi ambición más exagerada hubiera podido soñar”. Siendo el único distribuidor de índigo -y habiendo expandido su negocio a materiales de guerra- se enriqueció exponencialmente, y en 1863 comenzó a liquidar sus negocios para dedicarse únicamente a los estudios que más le ilusionaban, Homero y la lengua griega.

Solo un auténtico loco, pensaban entonces, abandonaría unos negocios que le habrían hecho de los hombres más ricos del mundo para buscar una ciudad inventada por un poeta del siglo VIII a.C. Así que, con toda la comunidad científica en contra y el libro de su admirado Homero debajo del brazo, Heinrich Schliemann y su mujer Sofía (cómo no, griega) se pusieron manos a la obra.

Schliemann de joven

El descubrimiento de Troya no fue únicamente fruto del azar y de la diosa fortuna (Tyche). Que se hallase esta ciudad responde al conocimiento perfecto que Schliemann tenía de la Ilíada, a través de la cual reconstruyó los movimientos de los héroes aqueos y teucros y el emplazamiento de la poderosa ciudad de Ilión. 

Popularmente se creía que, en caso de existir, se encontraba en Bunarbashi, pero esto no convencía al prusiano, pues la distancia con el mar era demasiado grande. Leyendo los versos de la Ilíada anduvo y desanduvo los pasos de Héctor y Aquiles. Fue entonces que sus pies lo llevaron a parar a la colina de Hissarlik. Por su distancia al mar y la vista que permitía de la llanura de Troya era el lugar indicado para encontrar la ciudad, idea que compartía Frank Calvert, vicecónsul americano en Dardanelos y propietario de la mitad de la colina.

Tras lograr la autorización desde Constantinopla, el 11 de octubre de 1871 comenzó la primera de las cuatro grandes excavaciones de la colina, y desde Europa se oían burlas y chistes de las grandes autoridades de la época sobre el loco que gastaba su dinero buscando una ciudad ficticia. No sabían hasta qué punto se equivocaban.

Excavaciones en Troya

Schliemann descubrió algo inaudito. No solo encontró una ciudad de Troya, ¡sino nueve! Primero encontró unos muros y construcciones de tiempos de Lisímaco, príncipe que gobernaba parte del Imperio de Alejandro Magno, pero tuvo que destruirlos para seguir excavando. Injustamente criticado en ocasiones por los daños y pérdidas que infligió a parte del patrimonio arqueológico e histórico de la colina, se ha de tener en cuenta el contexto en que se encuentra. Carente de métodos suficientes ni fondos regionales de la Unión Europea… ¡Bastante hizo!

Habiendo excavado 250 mil metros cúbicos, en 1873 Schliemann decidió darse un respiro. Sin embargo, antes de marchar de Hissarlik halló lo que coronaría su trabajo y acallaría todas las voces (si es que quedaba alguna) que en algún momento dudaron de él. Inspeccionando las excavaciones en compañía de su esposa, Heinrich vio algo que llamó poderosamente su atención. 

Sin dudarlo un instante saltó a la fosa con un cuchillo -con el consiguiente peligro de derrumbe que implicaba-, de la que sacó lo que durante mucho tiempo se consideró “el Tesoro de Príamo”, un ajuar de 9000 piezas en el que destaca la que se creía que era la diadema de Helena, con la que Schliemann no dudó en engalanar a su mujer. El tesoro, que posteriormente se demostró de una época distinta a la Guerra de Troya, lo sacó furtivamente hacia Atenas -lo que le valió un conflicto con el Gobierno de Constantinopla- y de ahí lo donó al gobierno prusiano. En 1945, tras la toma de Berlín, el tesoro fue expoliado por las tropas soviéticas, y hoy reside en Moscú.

Sofía con la diadema de Helena

Alcanzado el primer punto culminante de su vida, el tesoro de Príamo, entre 1874 y 1878 se lanzó a por el segundo, Micenas, tierra de Agamenón el Átrida. Allí encontró, entre otras muchas cosas, la que creyó era la máscara funeraria de este y la Puerta de los Leones. Su obra arqueológica culminó con el descubrimiento de Tirinto, cuyas murallas eran portentosa obra de los mismísimos cíclopes.

Heinrich Schliemann, aquel chico humilde de un pueblecito prusiano terminó sus días como uno de los hombres más famosos del mundo. Todo cuanto se pueda decir de él es poco. Sacrificó toda su vida y su dinero para desenterrar del olvido los cimientos de la Antigua Grecia y la ciudad de Asia Menor donde una vez los griegos y los troyanos cayeron haciendo resonar sus broncíneas armas.

Afectado de unos problemas en el oído, Schliemann tuvo que parar su actividad arqueológica durante un tiempo, pero siempre pensando qué sería lo próximo por excavar. Sin embargo, la enfermedad se le complicó más de lo esperado. Murió en Nápoles el 26 de diciembre de 1890, dejando un legado imperecedero casi comparable con las audacias de Héctor y Aquiles relatadas por Homero.

Me gustaría dedicar este artículo (que no llega a hacer justicia al gigante que fue Schliemann) a mi abuelo, el Doctor Pepe Vázquez Cano, al que le encantaba «Dioses, tumbas y sabios»; y a Jorge Castillejo Striano y Carlos Romero Díaz, que me descubrieron la figura del arqueólogo prusiano

El Greco, o cómo hacer que se tambaleen los cimientos del Arte

En 1541 nacía en Candía (Creta) un meteoro, que se arraigó en España y provocó una explosión de genialidad precursora, haciendo tambalearse los cimientos del panorama artístico Europeo. 

Bautizado como Doménikos Theotokópoulos, recibió una formación bizantina, recogiendo influencias de los iconos en tablas y mosaicos. En 1567 se trasladó a Venecia, ya consolidado como “sgúrafos” (maestro que trabaja por cuenta propia), donde trabajó en el taller de Tiziano. En la ciudad recibió influencia de los dos grandes artistas del momento, Tiziano y Tintoretto. Trató de aprender sometiendo el espacio a las leyes de la perspectiva -empleando decorados con columnatas, palacios porticados y arcos del triunfo-, trabajando al óleo sobre lienzos muy toscos con una imprimación en ocre, en donde la elección de la luz y los colores tendrá una importancia decisiva.

En 1570 llegó a Roma, donde estudió principalmente a Miguel Ángel. Asimiló las formas del gran maestro Buonarotti y las adaptó a sus lienzos, consiguiendo mezclar lo monumental de las figuras del italiano con el naturalismo tan peculiar de su pincel. Sin embargo, la aventura romana de Doménikos duró poco. Como afirma Lafuente Ferrari, “el ambiente romano no era propicio al arte libre y expresivo de este extraño artista genial”. En la ciudad eterna aún pervivía una admiración casi religiosa por Miguel Ángel, y que el pintor de Creta criticase y se ofreciese a repintar la escena de El Juicio Final de la Capilla Sixtina (lo cual hizo sin maldad ninguna) le valió el enfado de los círculos artísticos romanos. 

Detalle del Juicio Final de la Capilla Sixtina – Miguel Ángel

Fue entonces cuando Theotokópoulos fijó sus ojos en España, atraído por las empresas artísticas de El Escorial, y fue a parar a Toledo en el año 1576. A finales del Siglo XVI Toledo era una ciudad exuberante de riqueza y cultura. Contaba con gremios, una universidad con abundantes cátedras, grandes construcciones… Y esto al pintor griego le vino como anillo al dedo. El desde entonces apodado como “Greco” (pues los toledanos consideraron que era mejor el apodo que tener que pronunciar su impronunciable nombre cretense) pudo desarrollar en Toledo una evolución artística que no podría haberse desarrollado en ningún otro país o ciudad del mundo.

Pintó sus primeras obras españolas entre 1576 y 1579, como El Expolio, donde inaugura una nueva modalidad artística donde concibe el espacio con una peculiar densidad de las figuras y una composición vertical sin paisaje ni espacios vacíos -lo que acrecienta la sensación de angustia-.

Trató de ir a probar suerte con Felipe II, quien le encargó en 1589 el Martirio de San Mauricio y la legión tebana. El Greco realizó un espectacular lienzo con una composición en distintas escenas y unos colores fríos (tan venecianos como el azul o el verde), realmente alejado del academicismo pictórico de entonces. Cuando Felipe vio el resultado no hizo otra cosa que horrorizarse, y decidió no encargar más obras al pintor.

El Martirio de San Mauricio – El Greco (Monasterio de El Escorial)

El Greco, a pesar de no contar con los favores de la Corte, sí que lo hizo con los de la devota ciudad de Toledo. Y para allá que se fue. No volvió a salir más de la ciudad, donde abrió un activo taller y desarrolló la etapa final de su pintura que hoy en día tanto le caracteriza. El de Creta ejemplifica la capacidad integradora de la sociedad española de finales del Siglo XVI, que acogió a lo que por entonces bien podía asociarse con un alienígena que había llegado paleta y pincel en mano. 

Intelectualizó su visión despojándose de todo naturalismo y empleando la luz de forma antinatural y arbitraria, que se derivaba de lo que cada forma y expresión exigían. Sus alargadas figuras no poseían densidad ni gravedad, flotaban entre cúmulos de nubes e inciertos paisajes, y estaban hechas de colores vibrantes y formas desdibujadas (que tan bien queda reflejado en las manos de sus personajes, afiladas como cuchillos). El movimiento parece proceder del interior de los personajes, creados mediante una pincelada suelta y descompuesta.

Fue uno de los mejores retratistas de la Historia. Sus retratos serios y austeros marcaron un antes y un después en la forma de concebir esta disciplina, y establecieron la pauta a seguir por los Velázquez, Alonso Cano, Zurbarán o Ribera que vendrían en años posteriores.

A pesar de haber abierto un taller, no pudo tener imitadores ni crear escuela, ni siquiera su hijo consiguió emular fielmente su estilo, que fue uno de los más personalísimos de la Historia del Arte. El Greco, como Cervantes, están a caballo entre el Renacimiento y el Barroco. No son ni lo uno ni lo otro. Cervantes desdibuja con su pluma a su extraño Quijote, tan extravagante y casi místico, que bien podría formar parte de uno de los lienzos del Greco.

El entierro del Conde Orgaz – El Greco (Iglesia de Santo Tomé)

El Greco gozó de gran fama en vida, pero cayó en el olvido de la historia en los años posteriores a su muerte. Sin embargo, la Generación del 98 favoreció la recuperación del que fue uno de los mejores retratistas de todos los tiempos, provocando un gigantesco tsunami de fama que duró todo el Siglo XX -de hecho se le dedicó una exposición en el Museo del Prado por primera vez en 1902-.

El Expolio, El entierro del Conde Orgaz, La fábula, La Trinidad, El caballero de la mano en el pecho… Todos ellos y muchos más son el magnífico legado que la experta mano de El Greco dejó a la Historia del Arte. En ocasiones menos valorado de lo que debería, Doménikos Theotokópoulos destrozó todos los convencionalismos artísticos de su época e innovó en el género de la pintura de una forma que nadie había conseguido ni, probablemente, conseguiría jamás. Un pintor que fue cretense de cuna, pero que las circunstancias de su vida y su largo peregrinaje por el Mediterráneo, hicieron de El Greco el más toledano de todos.

Las aventuras de Odiseo

A lo largo del día de hoy, 31 de octubre, se celebrará una fiesta catapultada a la fama desde Estados Unidos, pero que tiene su origen en la cultura céltica de Irlanda; nos referimos a Halloween. Queriendo contaros un relato aterrador y abundante en monstruos, la acción transcurrirá en un escenario aparentemente idílico, aunque, como todas las grandes historias de terror, esconderá sobrecogedores peligros. Acompáñanos en este «crucero» por el Mediterráneo, en el que el héroe mitológico Odiseo debe regresar a su hogar en la isla de Ítaca tras haber concluido la guerra contra Troya.

El Escenario de la Odisea – Ilustración de la obra «Las aventuras de Ulises» (editorial Vicens Vives)

Polifemo

Los cíclopes eran monstruos gigantes de un solo ojo, hijos del dios Poseidón, que vivían en una isla que se identifica hoy en día con Sicilia. Una de las muchas historias que se contaban de ellos es que construyeron las murallas de la ciudad de Troya. A los siete días de su viaje, Odiseo llegó a la ya mencionada isla, donde él y un puñado de sus compañeros encontraron una enorme gruta llena de cabras, ovejas, queso y leche. Movidos por la curiosidad de conocer la identidad del pastor del rebaño, decidieron esperar a su llegada, que se produjo por la noche. El morador de aquella cueva resulto ser Polifemo, un cíclope que nació de Poseidón y de la nereida Toos. El gigante selló la entrada de la cueva con una piedra, y tras encender un fuego descubrió a los extranjeros que habían entrado en su territorio.

Los griegos llevaban la hospitalidad hasta extremos insospechados; era una tradición que pasaba de generación en generación, y pensaron que el cíclope los acogería y les proveería de víveres tras narrarle su historia vivida en Ilión. Nada más lejos, Polifemo contestó que le importaba bien poco, y acto seguido, se comió a dos de los compañeros de Odiseo y se echó a dormir. El héroe, viéndose encerrado y a escasas horas de ser devorado por el monstruo, trazó un plan.

Con un enorme madero de olivo tallaron una estaca del tamaño de un hombre. A la noche siguiente, Odiseo ofreció al cíclope vino para emborracharle. Polifemo le preguntó su nombre, a lo que el de Ítaca contestó que se llamaba Nadie. El cíclope, ebrio, le dijo que a cambio del vino él tendría la gentileza de comerle el último, tras lo que cayó dormido. Fue entonces que Odiseo calentó la punta de la estaca en las brasas y se la clavaron a Polifemo en su propio ojo.

Odiseo ciega a Polifemo – Pellegrino Tibaldi

El monstruo comenzó a gritar y a pedir auxilio al resto de cíclopes, y cuando le preguntaron qué le ocurría respondió “¡Nadie me hiere! ¡Nadie me mata con astucia!”, por lo que ignoraron su petición de socorro. Para evitar que escapasen, el ahora ciego cíclope se puso a taponar la salida de la cueva para matar a los griegos en caso de que saliesen. Odiseo y sus compañeros se agarraron de los carneros para camuflarse y lograr salir, gracias a lo cual pudieron escapar.

Circe

Circe era temida por ser una peligrosa hechicera que vivía en la Isla de Ea (hoy identificada como la Península de Circeo, en la bahía de Nápoles). Los supervivientes de la flota griega llegaron hasta la isla, donde algunos de ellos, comandados por Euríloco, fueron enviados a explorar un fuego proveniente del bosque. Allí encontraron un gran palacio de piedra guardado por una mujer que cantaba y tejía, que no era otra que Circe. La hechicera les invitó a su palacio, donde les dio de beber. Cuando todos hubieron terminado sus copas, la bruja cogió una varita y convirtió a todos en cerdos, excepto a Euríloco, que receloso se negó a beber y salió huyendo.

Circe transforma sus enemigos en bestias salvajes – Wright Barker

Euríloco regresó a todo correr a contarle a Odiseo lo ocurrido. Este se adentró en el bosque para ir a rescatar a sus compañeros, cuando se le apareció Hermes. El dios le regaló una planta del suelo que solo los dioses podían arrancar, la hierba de la vida, que anulaba el brebaje que Circe dio a sus compañeros. 

Cuando llegó al palacio de la hechicera esta le ofreció vino, que bebió. La maga le golpeó con su varita, pero sin efecto; Odiseo desenvainó su espada y la amenazó de muerte si no devolvía a sus compañeros a la forma humana. Una asustada Circe accedió, y los griegos pudieron huir de aquella isla y continuar su Odisea.

Las sirenas

El tornaviaje hacia Ítaca aún debería enfrentar sendos peligros. La travesía en dirección al sur les llevaría a atravesar la isla de Sorrento, desde la cual se podía oír el rumor de bellas voces que cantaban. Estas procedían de las sirenas, que lejos de asemejarse a la inocente estatua de Copenhague, eran divinidades con cabeza y torso de mujer, y el resto del cuerpo de ave. Con su dulce canto atraían a los marineros incautos, quienes naufragaban y eran devorados por estas criaturas encantadoras.

Para prevenir semejante destino, Odiseo repartió fragmentos de cera entre sus hombres para que los emplearan como tapones que cubrieran los oídos. No obstante, el héroe quiso no perderse el «concierto», ordenando que lo ataran al mástil de la embarcación, y que no le dejaran soltarse de sus ataduras bajo ningún concepto. Mientras sus hombres remaban para alejarse del peligro, inmunes al encantamiento, Odiseo fue seducido por la cautivadora voz de los cantos de las sirenas, llevándole a intentar liberarse de las cuerdas y suplicar que lo desatasen.

Ulises y las sirenas – John William Waterhouse

Cuando hubieron dejado atrás la isla, los tripulantes se quitaron los tapones y soltaron a un Odiseo que lloraba lastimosamente, desconsolado como si le hubieran arrebatado la mayor maravilla que hubiera presenciado en su vida. Pero no había tiempo para lamentaciones, Escila y Caribdis se vislumbraban a proa.

Escila y Caribdis

Ya desde la Antigüedad el estrecho de Mesina, que separa la Italia continental de la isla de Sicilia, era considerado como una zona de peligroso tránsito debido a las barreras de arrecife y las violentas corrientes que amenazaban con echar a pique los barcos incautos. Este temor se asociaría con la presencia de dos monstruos marinos que guardaban el paso, Escila y Caribdis.

Escila poseía figura de mujer, cola de pez, y de su parte inferior brotaban seis aterradores perros, mientras que Caribdis se tragaba tres veces al día el agua del mar, para después escupirla con gran violencia y así crear un remolino al que ningún navío podía escapar. Estando entre Escila y Caribdis, Odiseo dio la orden de navegar pasando al lado de la primera. Seis de los compañeros del héroe fueron apresados y devorados por el monstruo, siendo el precio a pagar a costa de evitar sucumbir toda la tripulación de haber sido arrastrados por la corriente de Caribdis. Odiseo estaba un paso más cerca de retornar a su hogar en Ítaca.

Odiseo ante Escila y Caribdis – Johann Heinrich Füssli

Halloween era considerado por los celtas una celebración en la que las barreras entre el mundo de los vivos y el de los muertos se desvanecían por una noche. La mitología griega ofrece una excelente interrelación entre lo real y lo ficticio, donde los dioses interceden en la vida de los hombres y los temores a los fenómenos naturales son representados con monstruos y seres sobrehumanos que conviven con nosotros. Y si no, que se lo digan a Odiseo.

Heraldos de la victoria

Distinguido como el mensajero de los dioses, Hermes fue asimilado en el mundo griego como el protector de los heraldos, quienes portaban insignias atribuidas a la divinidad olímpica.

Los mensajeros eran representados portando una vara o kerykeion, realizada en bronce y adornada con dos serpientes entrelazadas, a la que actualmente conocemos por su nombre latino caduceo. Un sencillo sombrero de fieltro, típico entre los viajeros, cubría la cabeza de los heraldos. Bajo estos símbolos se buscaba invocar la protección de Hermes, a quien también se encomendaban debido a sus habilidades de elocuencia, ingenio y traducción, aptitudes inestimables en las misiones que debían ejecutar los mensajeros.

Embajada de Aquileo – Hierón (obsérvese al heraldo representado en la parte derecha)

La trascendencia de su cargo se mostraría a raíz de la Primera Guerra Médica, acaecida a comienzos del siglo V a.C. Tras haber aplacado una revuelta entre las ciudades jonias de Asia Menor (499-494 a.C.), el rey persa Darío I ideó una campaña de represalia a las polis de la Hélade que habían apoyado a los insurrectos. Rey de reyes y dominador de un imperio que se extendía desde el moderno Afganistán al este hasta Turquía al oeste, el rey envió a sus heraldos a las ciudades-estado griegas con el mensaje de exigir que se le entregara “tierra y agua”. Su aceptación simbolizaba asumir una condición de sometimiento, renunciando al suelo y a los frutos que en él crecen. No fueron pocas las polis que sucumbieron ante el ultimátum, si bien Atenas y Esparta se mantuvieron inflexibles.

Mapa histórico del imperio aqueménida – William Robert Shepherd

En Atenas se arrojó a los mensajeros a un abismo en el que se ejecutaba a los criminales, siendo la elección de Esparta lanzarlos a un profundo pozo. Haciendo honor a su ingenio lacónico, los espartanos les tiraron para que “recogieran el agua y la tierra” por sí mismos. La respuesta dada por atenienses y lacedemonios resultará familiar para quienes hayan visto la película 300, pese a que esta asume la licencia creativa de situar el suceso del pozo diez años más tarde en el tiempo, protagonizado por el rey Leónidas y como detonante de la guerra librada con el sucesor de Darío en el trono, su hijo Jerjes. Pero dejemos este malentendido histórico a un lado, que no será el último que veamos, y regresemos a nuestro relato.

Escena de la película 300 – Legendary Pictures

El desafío opuesto por estas polis llevaría a Darío a conformar en 490 a. C. una flota de 600 naves con la que tomar Atenas y Eretria, aliadas de los jonios en su insurrección contra el dominio persa, y aprovechar su ubicación como bases de avanzada de una invasión mayor que doblegaría al conjunto de la Hélade. Tras haber sometido en su avance por el mar Egeo a las poblaciones de las islas Cícladas y Eretria, Atenas era el siguiente destino de la flota persa. La suerte que habían corrido los eretrieos no resultaba alentadora: su población había sido esclavizada y sus templos quemados.

A ello se sumaba que como consejero de la fuerza enemiga se encontraba Hipias, antiguo tirano de Atenas que había sido desterrado veinte años atrás, permitiendo que se introdujeran reformas que convirtieron a la ciudad en una democracia. Refugiado en la corte del soberano persa, Hipias ambicionaba recuperar su poder, lo que supondría convertir a la polis en un Estado títere de los intereses de Darío.

El desembarco de la flota invasora se produciría en la llanura de Maratón, situada al noreste de Atenas. Al enterarse de la noticia, los atenienses enviaron a un correo llamado Filípides para entregar a Esparta una petición de ayuda. Separadas ambas ciudades por 240 kilómetros, según Herodoto el joven llegaría a Esparta menos de dos días después de haber partido. Los magistrados lacedemonios alegaron que se encontraban inmersos en la celebración de las Carneas, una festividad durante la cual no podían marchar a combatir, comprometiéndose a enviar una pequeña fuerza cuando estas hubieran concluido.

De regreso en Atenas para comunicar la negativa espartana, probablemente debido al agotamiento y considerando que debía encubrir su fracaso, el heraldo comunicó a sus conciudadanos que el dios Pan se le había aparecido en el camino, animando a los atenienses al combate. Acordado por los mandos militares salir al avance de los persas, las milicias de la ciudad se dirigieron a Maratón.

Filípides ante los éforos de Esparta – Richard Hook

Alcanzada la llanura, los hoplitas cargaron y derrotaron al ejército invasor, el cual se retiró hacia sus embarcaciones. A pesar del triunfo, la flota enemiga todavía representaba una grave amenaza, en cuanto todo el ejército de Atenas se encontraba en Maratón, dejando a la ciudad indefensa ante un ataque naval.

Mientras regresaban a marchas forzadas para impedir el desembarco persa, un correo fue enviado para anunciar la victoria. Los autores clásicos discrepan sobre la identidad del mensajero. Luciano apunta que fue Filípides, el responsable de pedir socorro a Esparta, quien llevó a cabo la hazaña. Este es el relato tradicional que todos hemos oído, conocedores de que una vez hubo alcanzado exhausto la ciudad, el corredor murió después de transmitir la noticia de la victoria. No obstante, autores como Plutarco indican que el mensajero fue un hombre llamado Eucles ¿Resulta lógico pensar que fuera Eucles el verdadero heraldo?

Recordemos que Filípides había recorrido más de 450 kilómetros en un espacio muy corto de tiempo, regresando a Atenas para el momento en que el ejército se disponía a marchar al encuentro del enemigo, lo que podría haber supuesto que permaneciera recuperándose en la ciudad. No obstante, consideremos que acompañara a sus hermanos de armas en tan crucial batalla.

Tras varias horas de intenso combate, debería cubrir bajo unas condiciones sofocantes los 40 kilómetros que separaban Maratón de Atenas, una proeza que parece estar solo al alcance de los dioses. De una divinidad como Hermes. Ciertamente, los hoplitas tuvieron que hacer tal camino de regreso, fatigados tras la batalla y cargados con su equipamiento, pero sin arrastrar en sus piernas el esfuerzo hercúleo realizado por Filípides apenas unos días atrás. Anunciada la victoria, y también la aproximación de la flota persa, las fuerzas atenienses pudieron llegar a tiempo de abortar el ataque enemigo.

El soldado de Maratón – Luc-Olivier Merson (colección privada)

La hazaña de cubrir la distancia que separaba la llanura de Maratón de la ciudad de Atenas fue rescatada como modalidad de atletismo en los primeros Juegos Olímpicos modernos, celebrados en Atenas en 1896, que tuvieron como propósito establecer una prueba que recordara la gloriosa historia de la Grecia clásica. Sorpresivamente, fue en la maratón donde ocurrió el único triunfo heleno en la categoría de atletismo.

Sin embargo, si la distancia cubierta por el mensajero de la batalla fue de 40 kilómetros, ¿a qué se debe que actualmente la modalidad sea de 42,195? Durante los Juegos Olímpicos de Londres, celebrados en 1908, se modificó la distancia a cubrir con el propósito de que la carrera se iniciara en el palacio real de Windsor, siendo establecida como definitiva y oficial en 1921.

Solón: ¿El abuelo de la democracia?

El hombre que dio a Atenas la idea de la democracia

La democracia es un sistema que, como es bien sabido, nació en Atenas a finales del siglo VI, principios del V a.C. Este último fue el siglo de Pericles, del Imperio Ateniense, y del auge de la democracia; es la época más conocida de la antigua Grecia. Sin embargo, los orígenes del sistema democrático que imperó en Atenas durante ese tiempo son menos conocidos. Figuras como Clístenes, Efialtes, Pisístrato, o Solón, todos personajes de primer orden en estos dos siglos, apenas se mencionan hoy en día fuera del debate académico. Por eso, en este artículo vamos a tratar la figura de Solón, el estatista que, a ojos de gran número de historiadores, inició el proceso de democratización de Atenas, llegando algunos incluso a considerarle el padre de la democracia ateniense.

A finales de siglo VII a.C. Atenas no era la imponente ciudad-estado (polis) en la que eventualmente se convertiría. Por aquel entonces la ciudad era, en comparación, un actor más en el panorama internacional de su zona. Aunque sí dominaba el Ática, y contaba con una economía poderosa que hacía de esta polis una de las ciudades-estado más ricas de la Grecia continental, Esparta era la voz cantante por aquellos tiempos. En cuanto al estado interno de la ciudad, Atenas había sido gobernada por una monarquía desde tiempos mitológicos hasta que, según las fuentes, los reyes renunciaron a la corona a cambio de la magistratura de arconte de forma vitalicia, que eventualmente se convirtió en otro arconte temporal.

File:Antigua grecia.svg - Wikimedia Commons
Mapa de la Grecia Clásica, a la derecha Atenas y el Ática.

Los arcontes eran los magistrados encargados del gobierno de la ciudad, normalmente elegidos de forma anual (con excepciones en la época arcaica) y se reunían en el Areópago para recibir consejo de los ex-arcontes que allí se congregaban; era el Areópago el Consejo que de facto gobernaba la ciudad. Con la desaparición de la monarquía, las familias aristocráticas se hicieron con el poder, dando lugar a una oligarquía dominada por las familias nobles (eupátridas).

En las últimas décadas de los 600 a.C., Atenas comenzó a caer en una espiral de crisis interna y violencia política, llegando incluso a sufrir un intento fallido de establecer una tiranía por parte del excampeón olímpico Cilón. A las guerras civiles o estados análogos los griegos lo llamaban stasis, y Atenas la sufría de forma severa, aunque no se hubiese llegado a declarar una guerra como tal. Tanto la aristocracia como el pueblo llano estaban descontentos con la situación: a los campesinos les preocupaban las deudas, que habían llevado a muchos a caer en la esclavitud por la imposibilidad de pagarlas, mientras que los aristócratas temían que algún hombre popular y ambicioso intentase hacerse con el poder de forma tiránica, como ya había sucedido en varias ciudades cercanas y, sin éxito, en la propia Atenas.

Para evitar llegar a tales extremos, en el 594 a.C., Solón fue nombrado arconte y, además, se le otorgaron una serie de poderes para restablecer el orden que le permitían, prácticamente, hacer y deshacer a su antojo, una medida desesperada que buscaba reconciliar al pueblo y la clase dirigente. Su título oficial era algo así como “mediador y arconte” (diallakten kai archonta).

Historia y biografía de Solón
Busto de Solón

Solón nunca usó en beneficio propio el poder que le habían concedido, puesto que tenía un gran sentido de la justicia, a la que le atribuía incluso un origen divino. En sus propios poemas, que han sobrevivido hasta nosotros en fragmentos, dice Solón sobre la tiranía: “Tanto me desagrada gobernar por la fuerza tiránica, como en las campiñas, dar a los malos y a los nobles parcelas iguales”. Era esta fama la que le sirvió para recibir los poderes que le otorgaron sin que la aristocracia tuviese miedo de que fuese a convertirse en tirano.

Solón llevó a cabo una serie de reformas que tenían por objetivo restaurar el orden y la paz entre los nobles y el pueblo, y evitar la llegada de un tirano. Del gran número de leyes que promulgó y de reformas que llevó a cabo Solón, destacan las reformas de índole económica y política, que tiempo más tarde inspirarían a los demócratas de finales de siglo.

Solón de Atenas, el principal legislador ateniense | Viajero de la Historia
Solón de Atenas.

Para empezar su año como arconte, Solón pasó una serie de leyes conocidas como la Sisactía, cuya traducción al español sería algo así como el alivio de deudas. Estas leyes liberaban de forma inmediata a todos aquellos ciudadanos atenienses que habían sido esclavizados por la imposibilidad de pagar sus deudas. Además, la Sisactía eliminó todos los pagos pendientes en ese momento para aliviar el endeudamiento generalizado en Atenas. Finalmente, se prohibió de entonces en adelante el uso de la libertad personal como garantía de pago de deudas.

Esta medida no resultó ser tan popular como podríamos creer. Los pobres de la ciudad de Atenas esperaban que Solón realizase un reparto de tierras entre los ciudadanos para mejorar su situación, pero la cancelación general de deudas ya había generado animadversión por parte de los aristócratas, y un reparto de sus tierras habría recibido una resistencia difícil (si no imposible) de superar. Por tanto, como nos dice Plutarco, al final la Sisactía acabó por granjearle a Solón tanto el odio de la aristocracia como el del pueblo llano. Aun así, tiempo después llegarían a apreciar estas medidas como necesarias. Tras la Sisactía, Solón se centró en los problemas políticos de Atenas.

Como hemos visto antes, Atenas estaba, hasta entonces, dominada por los eupátridas, quienes ocupaban todas las magistraturas y las instituciones políticas. Solón decidió reformar el sistema para pasar de una aristocracia a un modelo dominado por aquellos ciudadanos más pudientes, y que por tanto más contribuían a la economía de la ciudad. Así que comenzó con una división de la población en 4 clases según las rentas:

  • Primera Clase (Pentakosiomedimnoi) – Más de 500 medimnos (cantidad de volumen) de trigo anuales.
  • Segunda Clase (Hippeis) – 300-500 medimnos de trigo anuales.
  • Tercera Clase (Zeugitai) – 200-300 medimnos de trigo anuales.
  • Cuarta Clase (Thetes) – Menos de 200 medimnos de trigo anuales.

La pertenencia a una de estas 4 clases definiría el papel que podía llevar a cabo un ciudadano dentro de la política ateniense. Las dos clases más altas podían acceder a las magistraturas más importantes del estado como el arcontado, mientras que la clase más baja, por ejemplo, solo podía participar en la Asamblea y como jueces. Esta reforma transformó el estado ateniense desde una aristocracia de familias a una suerte de timocracia.

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Representación de la Asamblea ateniense.

La última de las reformas políticamente significativas de Solón fue la creación de un nuevo Consejo que tomase muchos de los poderes que anteriormente tenía el Areópago (dominado por los aristócratas). Esta reforma buscaba, una vez más, hacer un traspaso de poder desde las familias nobles hacia los ciudadanos más ricos de la polis. Este nuevo Consejo, llamado Boulé, estaba formado por 400 ciudadanos elegidos por sorteo, siendo 100 de cada una de las 4 nuevas clases. Así, el grueso de la ciudadanía estaba más representado que antes, pero los ricos (las 2 clases más altas), que eran comprensiblemente muchos menos en número, mantenían un control sobre esta institución.

La Boulé se encargaba, primordialmente, de debatir sobre aquellas propuestas que, si se aprobaban, se propondrían en la Asamblea de ciudadanos. Esta última Asamblea era la institución verdaderamente democrática, pues aquí el voto de un ciudadano libre valía lo mismo que el de cualquier otro, sin importar las clases sociales. La clave estaba en que la Asamblea no podía votar sobre nada que la Boulé no hubiese aprobado previamente, una Boulé dominada, como hemos visto, por los ricos.

Restos de la Cámara del Consejo de 400 en Atenas.

De esta forma, el año de Solón llegó a su fin. Tras exhortar a la población a jurar que mantendrían sus leyes durante 10 años sin cambiarlas, Solón se marchó de Atenas durante un tiempo. Mientras que sus reformas habían paliado la situación de endeudamiento y habían otorgado mayor participación a los ciudadanos en la política, la situación de inestabilidad volvió poco después de su marcha. Las facciones oligárquicas volvieron a pugnar por el poder, y pronto llegó la tan temida tiranía a manos de Pisístrato, quien se hizo con el poder tras varios intentos fallidos, llegando a instaurar una dinastía que duraría hasta sus hijos (Hipias e Hiparco). Si Solón había recibido su posición como arconte con el objetivo de evitar este tipo de golpes de estado, sus reformas claramente no tuvieron el efecto deseado a corto plazo.

No obstante, mientras que Solón no logró evitar la llegada de la tiranía, sí que tuvo una influencia mucho más importante a largo plazo. Su constitución, aunque timocrática en esencia, inspiró a las generaciones siguientes, en especial a la de los revolucionarios que se levantaron contra la tiranía de los Pisisitrátidas y les derrocaron. Tras esta liberación de la tiranía, los nuevos reformadores llevaron a cabo programas muy parecidos a los de Solón, aunque mucho más democráticos en su espíritu. Así que, si bien Solón no puede ser considerado como el padre de la democracia ateniense, bien podríamos llamarle su abuelo, sin el cual, la llegada de la democracia del siglo de Pericles habría sido imposible.

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA

  • Fuentes Antiguas
    • Plutarco Vida de Solón
    • Aristóteles Constitución de los Atenienses
    • Heródoto Historias
  • Fuentes Modernas
    • Barceló, P. & Hernández de la Fuente, D. (2017). Breve Historia Política del Mundo Clásico: La Democracia Ateniense y la República Romana. Escolar y mayo.
    • Osborne, R (2009), Greece in the Making 1200-479 BC, Taylor & Francis Group, London.