La defensa de Cartagena de Indias

Cojo, manco y tuerto, el almirante Blas de Lezo, junto con un puñado de apenas 3000 hombres y mujeres consiguió derrotar al contingente naval británico más grande de su historia.

La costa caribeña de la actual Colombia fue testigo en 1533 de la fundación de Cartagena de Indias, una de los principales puertos para el tráfico y el comercio oceánico, de la mano del madrileño Pedro de Heredia. Su importancia geoestratégica de la ciudad era algo que no pasaba desapercibido para nadie, y mucho menos para los ingleses, que posaron rápidamente sus ojos sobre ella y planearon un ataque contra las plazas hispanoamericanas más importantes.

Retrato de Blas de Lezo (Museo Naval de Madrid)

El casus belli del ataque se remonta a 1738, cuando el Capitán Robert Jenkins compareció delante de la Casa de los Comunes (el Parlamento británico) para denunciar un suceso supuestamente ocurrido siete años antes en el Caribe. Según la versión del capitán, un guardacostas español abordó su barco y requisó sus mercancías acusándolo de contrabando. Además, para añadir dramatismo al relato, afirmó que los españoles le habían cortado una oreja, que exhibió delante de los Comunes. Esta parafernalia sirvió, no solo como excusa para poder atacar las posesiones españolas, sino para dar nombre a la guerra que originó, “War of Jenkins’ Ear” (1739-1748).

La oreja del pobre Jenkins, que no se sabe si la conservó en su casa como recuerdo o decidió deshacerse de ella, generó una ola de indignación en la opinión pública británica, que llevó a que el rey Jorge II le declarase la guerra a la Monarquía Hispánica el 23 de octubre de 1739, una guerra en la que sería actor principal el almirante Edward Vernon. El almirante británico, impaciente por entablar batalla con los españoles, partió hacia el Caribe con el objetivo de conquistar algunas de las plazas más importantes, como Porto-Bello o Cartagena de Indias, en un ataque relámpago y marchar posteriormente a Perú. Para ello, el británico reunió más de 27 mil hombres y alrededor de 200 barcos, el  mayor despliegue naval inglés hasta el Desembarco de Normandía.

El 13 de marzo de 1741, Vernon y su flota aparecieron en el horizonte de Cartagena con el plan de penetrar en la bahía y sitiar la ciudad. Para la defensa, Cartagena disponía de tan solo 3000 hombres, incluidos 500 civiles y otros tantos indios chocoés, al mando del virrey Sebastián de Eslava y el comandante Blas de Lezo. La resistencia hispánica se concentró en el fuerte de San Luis de Bocachica, mas, tras 16 días de bombardeo sobre el fuerte, los españoles se vieron obligados a replegarse la fortaleza principal de Cartagena de Indias, el castillo de San Felipe de Barajas, una defensa sobre el cerro de San Lázaro que abarcaba 11 kilómetros de murallas. Todo hacía indicar que la fortuna no acompañaba a los defensores. Tanto es así que Vernon, frotándose las manos ante la inminente victoria, mandó una misiva a Londres diciendo que para cuando recibiesen el mensaje, él ya habría conquistado Cartagena. Este triunfo aplastante desató la locura en la capital inglesa, tanto que el rey Jorge II ordenó acuñar monedas para conmemorar la toma de la ciudad caribeña, en la que se veía a un arrodillado Blas de Lezo ante Vernon, acompañado de la frase “el orgullo de España humillado por el almirante Vernon”. Sin embargo, los españoles no estaban dispuestos a rendirse.

Moneda conmemorativa de la pretendida toma de Cartagena de Indias (Museo Naval de Madrid)

El 20 de abril Vernon ordenó un asalto nocturno con tres columnas de hombres (entre 3500 y 4000 asaltantes), en un intento de pillar desprevenidos a los defensores. Lejos de dejarse sorprender, los españoles abrieron fuego y cargaron con sus bayonetas. En vista de la escabechina, Vernon envió otras dos columnas para rendir definitivamente el fuerte. Con lo que no contaban estos últimos refuerzos es que se iban a encontrar a sus compatriotas huyendo cerro abajo perseguidos por la tropa defensora. Los británicos sufrieron numerosas bajas, pero Vernon se negaba a dar la victoria a Blas de Lezo. Seguramente le rondaba la cabeza el ridículo que haría al haber anunciado la victoria a bombo y platillo y tener que volver con el rabo entre las piernas. No obstante las tropas estaban moralmente hundidas y cuando Vernon ordenó un nuevo ataque, los soldados británicos, totalmente devorados por la fiebre amarilla, se sublevaron contra la orden del almirante.

Finalmente Edward Vernon tuvo que dar su brazo a torcer y el 8 de mayo comenzaron los británicos a abandonar la bahía, dejando cerca de diez mil muertos y siete mil heridos por tan solo 600 de los defensores, siendo uno de ellos Blas de Lezo, que murió meses después consecuencia de una herida infectada que sufrió en la batalla. Por su parte, Vernon regresó a Londres absolutamente desacreditado, relevado de su cargo y posteriormente expulsado de la marina.

La defensa de Cartagena de Indias supone a partes iguales uno de los episodios más magníficos de la historia militar española y uno de los más infaustos desastres de la Royal Navy inglesa. Muchas veces eclipsado por episodios como La Gran Armada de Felipe II o la Batalla de Trafalgar de 1805 (sucesos que los historiadores ingleses han destacado hasta la saciedad), la Defensa de Cartagena de Indias supone un hecho único en la Historia. Un pequeño grupo de personas consiguió vencer a un gran contingente armado que superaba sus fuerzas nueve a uno y preservaron la ciudad en una colaboración entre soldados, civiles e indios que se negaron a rendir las armas y la plaza de Cartagena de Indias.

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